"Miss Helen es un personaje que parece escrito para mí"

Espectáculos

Mañana se estrenará en el Complejo Teatral Multiteatro de Carlos Rottemberg la pieza de Athol Fugard «El Camino a la Meca», protagonizada por China Zorrilla, Thelma Biral y Juan Carlos Dual, con dirección de Santiago Doria. El autor se inspiró en la vida de una compatriota suya, la excéntrica escultora sudafricana Helen Martins (1897-1976), quien entre los 50 y 75 años de edad transformó su casa en un universo personal de luz, color y extrañas figuras escultóricas.

La pieza critica el «apartaheid» y los dogmatismos religiosos, pero ante todo se propone indagar en la naturaleza del genio y las consecuencias de su energía crea-dora. «Miss Helen es en verdad un autorretrato mío» dijo el dramaturgo. Tras la muerte de la escultora, su casa fue proclamada monumento nacional y hoy es «la meca» de muchos artistas plásticas y turistas. Once años después de haber trabajado en «Eva y Victoria» y de trajinar los escenarios narrando sus deliciosas historias de vida (que la llevaron a lugares tan diversos como Israel, Barcelona y Miami), China Zorrilla dice haber encontrado en Miss Helen un papel a su medida.

«Cuando ví la obra en Montevideo (se estrenó en 1999 con Thelma Biral y dos actores uruguayos) no podía creer que no me la hubieran ofrecido a mí, porque la protagonista es una escultora y y yo me he pasado la vida al lado de un escultor. Después me dijeron que me la habían mostrado, yo no lo recuerdo. ¡Recibo miles de obras para leer! Pero enseguida decidí que la teníamos que hacer en Buenos Aires»
. Dialogamos con ella:

Periodista: Su padre fue el escultor José Zorrilla de San Martín. ¿Encontró alguna similitud entre él y esta escultora sudafricana?


China Zorrilla
: Recuerdo haber escuchado a papá decir parlamentos exactos a los de esta mujer, como esa necesidad de plasmar al momento aquello que te dicta tu imaginación. El decía que se le iban las manos... y yo creo que es así, que de pronto te sale un poema entero, como a Piazzolla que escribió «Adiós Nonino» en sólo una hora. No se puede creer lo que hacía esta mujer con cemento y arena.

P.: Este papel le permite un gran lucimiento dramático, pero también se ha ocupado en reivindicar la comedia. ¿Con qué gé-nero se siente más cómoda?


C.Z.:
Soy gran defensora de la comedia, un género que los argentinos y los uruguayos, que somos tan solemnes, suelen considerar menor. Yo dirigí «La pulga en la oreja» como una pieza cómica y también «Fiebre de heno» de Noel Coward, que fue un éxito impresionante, pero quizás mi puesta preferida sea «Perdidos en Yonkers». Siempre le digo a los jóvenes que no se olviden que las dos máscaras del teatro son del mismo tamaño. Hacer una cosa dramática donde te desgarrás las vestiduras y hablás contra el apartheid se considera más importante que hacer humor, pero esto se debe a que el mundo actual está muy bastardeado, como lo que ves en televisión, donde la gente sólo se ríe de lo grueso.

P.: Recién criticó a la televisión ¿Por qué aceptó participar en «Las cortesanas»?


C.Z.:
Cuando me llamó Marcela Tinayre, a la que conozco desde chica, le dije: «Mirá Marcela, te agradezco mucho pero la respuesta es: ¡No, no y no!.» Entonces me llamó Harry Potter, así le digo yo a Adrián Suar, que insistió: «China, no me podés hacer esto ni tampoco a Marcela que te quiere tanto». «Bueno, no me digas más nada, yo voy a hacer la primera semana, pero gratis. Lo único que te voy a cobrar es un ida y vuelta a Colonia que cuesta unos 40 pesos, le doy el primer espaldarazo al programa y no te cobro ni un peso, pero a la semana me voy. Y así fue. A mí me gustaba la idea, pero el programa no agarró por donde yo suponía. No sé que pasó.

P.: Volviendo a sus unipersonales autobiográficos ¿No siente que la narradora oral compite con la actriz?


C.Z.:
No, desde que era chica fue así. Cada vez que me pasaba algo gracioso, enseguida pensaba: «¡Cómo me va a divertir contar esto!» Y fue así que terminé haciendo periodismo. En 1943 yo estaba en París y le escribía a mis padres unas cartas tan graciosas que un día, en una comida, mamá decidió leer una a los que estaban presentes. Al tiempo me escribió el director del diario «El País» de Montevideo: «Dejate de escribir a tu papá y a tu mamá que yo te pago dos mil dólares por mes para que me escribas una columna». Hace 30 años hice un espectáculo basado en tres monólogos telefónicos y entre uno y otro contaba anécdotas que yo había vivido con cada uno de los autores, entre ellos Cocteau. Me acuerdo de un crítico que dijo: «Muy lindo el espectáculo, pero lo más divertido es China contando cosas». Y eso fue hace 30 años, no es la prime-ra vez que hago un espectáculo así, «payando», como dice un amigo mío.

P.: ¿Pero estos espectáculos, con su mensaje de vida positivo y esperanzado, no compensan aquella vieja vocación de monja misionera de la que habló tantas veces?


C.Z.:
Lo que creo es que hay dos frases de Cristo que salvan el mundo: «Ama al prójimo como a ti mismo» y «Hay que echar a los mercaderes del templo». Nada más, con eso se arregla todo.

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