8 de diciembre 2004 - 00:00

Modestas aventuras en un edificio emblemático

Modestas aventuras en un edificio emblemático
Esther Cross «Kavanagh» (Bs.As., Tusquets, 2004, 172 págs.)

Símbolo de una Argentina pujante y abierta a la modernidad, el edificio Kavanagh fue el primer rascacielos porteño en ser equipado con alta tecnología. Construido en el año 1935 contó, entre otras cosas, con aire acondicionado central, cámaras frigoríficas para alfombras, pileta de natación, gimnasio y hasta un observatorio astronómico. Y aunque luego otros edificios lo superaron en altura y categoría, continuó siendo uno de los íconos más significativos del paisaje porteño. Tanto su belleza arquitectónica como su enigmática estructura -que incluye un pasaje de servicio directamente conectado al Hotel Plaza-fascinaron desde hace tiempo a la escritora Esther Cross («La inundación», Premio Fortabat 1993, y «El banquete de la araña», Tercer Premio Nacional de Novela en 1999), quien decidió utilizarlo en estos relatos ya no como edificio real, sino como un espacio simbólico estrechamente ligado a los avatares de la sociedad argentina.

• Humor

Este ámbito imaginario, al que la autora describe como un «búnker» o como una especie de barrio cerrado, está habitado por seres a la deriva que ya no pueden sostener dignamente el ambicioso proyecto económico que dio origen a esta enorme construcción.

Más que una colección de cuentos, «Kavanagh» parece reunir los fragmentos de una novela que no ha terminado de articularse. Todas las historias están narradas por el mismo personaje: una escritora en ciernes, acorralada por su propia neurosis y demasiado pendiente de su perro. Apelando a un humor más bien parco, que puede llegar a desconcertar con sus frases anodinas y su aparente ingenuidad, la mujer va describiendo a sus extravagantes vecinos (entre otros, un príncipe polaco traductor de Conrad, una pareja de bebedores compulsivos, dos hermanas idénticas ligadas al mismo hombre) sin juzgarlos y compartiendo con ellos una cotidianeidad algo delirante. En general, interesan mucho más los conflictos de la protagonista con su hermana (los dos personajes más consistentes de esta ficción) que las modestas aventuras del resto del vecindario. Aún así algunos episodios ofrecen situaciones de gran vuelo narrativo como «El Brenda Meyer Club», en donde la escritora asiste al homenaje de una supuesta diva del cine que deriva en un bochornoso fracaso, narrado, en este caso, con un humor de clara cepa cortazariana.

Patricia Espinosa

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