Mónica Cabrera: humor desbordante (y feroz)

Espectáculos

«El sistema de la víctima». Textos, interpretación y dir.: M. Cabrera.Dir. Mus., Arreg. y Mús. Orig.: C. Martini. Esc.: A. Bonet, M. Cabrera, C. Martini. Vest.: M. Cabrera. (Centro Cultural Recoleta. Patio del Aljibe.)

Luego de «El club de las bataclanas» y «Arrabalera, mujeres que trabajan», la dramaturga, actriz y directora Mónica Cabrera arremete con una nueva selección de personajes femeninos que sorprenden por la agudeza de sus monólogos y su complejo perfil psicológico. Cabrera es una gran observadora de la conducta humana y en sus últimos espectáculos ha interpretado a mujeres, de todo tipo y condición, con un humor irresistible.

Tanto desborde femenino adquiere, en este nuevo trabajo, un matiz más angustiante que en experiencias anteriores puesto que alude a condiciones de vida bastante desoladoras. Paradójicamente esta especie de pesimismo militante redunda en una mayor comicidad. Las razones pueden encontrarse en la impactante gestualidad de la intérprete (heredera de los grandes cómicos del cine mudo) y en las humoradas a las que recurre para atenuar la crudeza de sus alegatos.

«El sistema de la víctima» reúne a seis criaturas en crisis que sobreviven como pueden a las difíciles condiciones de vida que impone la sociedad actual. Rosamary es quien abre el espectáculo. Se trata de una mujer enfurecida por el abandono de su prometido que lucha por ganarse un lugar en los Estados Unidos a pesar de provenir de una familia mexicana afincada ilegalmente. Su condición de inmigrante bilingüe y su bajo status social son los rasgos que dan mayor fuerza a su discurso.

Máxima y Bienvenida presentan notorios transtornos mentales. Especialmente la primera, una mujer que deambula por la calle con su identidad quebrada tras egresar de una internación psiquiátrica orquestada por su familia. El delirio de esta mujer, acosada por voces internas, resulta escalofriante. Bienvenida, en cambio, es víctima de la paranoia urbana y está llena de tics capaces de poner nervioso al más pintado. Ve ladrones y asesinos por todas partes y desconfía hasta de su propia sombra. El público se identifica inmediatamente con ella, ya que aborda sin rodeos el tema de la inseguridad.

Otras dos mujeres llaman la atención por su rico entramado de vínculos, ellas son: Felicidad, una aristocrática anciana venida a menos («Recordar. Una práctica que me ha encargado mi médico de cabecera») y Próspera, la típica fracasada que ni siquiera tiene suerte a la hora de concretar su suicidio. Acosada por todo tipo de problemas, la mujer divaga en la cornisa de su edificio. Pero en lugar de tirarse, pelea con transeúntes y vecinos, abre dudas sobre el psicoanálisis y repudia a quienes la abruman con «buenos consejos» («Un conocido me recomendó hacer terapia de vidas pasadas. Ni loca. Ya bastante sufro con esta vida, le voy a agregar más malos recuerdos»). Si no fuera que su sketch ha sido dividido en varias entradas -lo cual debilita el crescendo dramático-Próspera se robaría la obra.

El cierre queda a cargo de Amparo, la cantante enana (en realidad no lo es, pero necesitaba el trabajo y se «trucó»). Allí la actriz interpreta una acertada selección de tangos, centrados precisamente en el rol de víctima, como para que el público vaya digiriendo las arrolladoras experiencias de vida de las que fue testigo.

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