Romain Duris y
Audrey Tautou
en «Las
muñecas
rusas», inevitable
secuela de
«Piso compartido».
«Las muñecas rusas» («Les poupées russes», Francia-Gran Bretaña, 2005; habl. en francés e inglés). Dir.: C. Klapisch. Int.: R. Duris, A. Tautou, C. de France, K. Reilly, E. Obraztsova y otros.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
En 2002, la comedia de Cédric Klapish «Piso compartido» («L'auberge espagnole») tuvo un éxito arrollador en Francia, donde fue vista por más de 3 millones de personas. Ese fenómeno no se repitió fuera de sus fronteras; es más: tampoco se entendieron las razones (tal vez, uno de los tantos intransferibles secretos del alma francesa).
Hoy, ante su secuela, cabe hasta valorar algunos aspectos de su primera parte, que narraba con cierta fluidez la vida de un grupo de estudiantes universitarios paneuropeos, que compartían un pisito en Barcelona mientras concurrían a clases. El mejor chiste del film era aquel en que un profesor se obstinaba en hablarles en catalán a estudiantes que se habían esforzado en aprender el español.
No parece probable que, dentro de 3 años, ante la eventualidad de un tercera parte, se recuerde algún chiste de «Las muñecas rusas», y eso simplemente porque no los hay, aunque Klapish (también guionista) se haya esforzado todavía más que aquellos estudiantes en que los hubiera.
Como si se tratara de una ley física, una película con más de 3 millones de espectadores está condenada a continuar: esa ley no es despreciable en sí misma (hasta Esquilo debióescribir «Edipo en Colona», una especie de «Edipo 2»); el problema se plantea cuando no hay demasiado qué contar, o cuando hasta da la impresión de que tampoco se tienen muchas ganas de hacerlo.
«Las muñecas rusas» son muchas situaciones a la búsqueda de una película que nunca, pese a la excesiva duración de dos horas, llega a definirse. Xavier, el protagonista de entonces, ahora se dedica a escribir para ganarse la vida, y lo torturan el bloqueo y la falta de inspiración (sí, casi parece el alter ego joven de Klapish).
Xavier transita de una mujer a otra, de una frustración a otra. Se viste de mujer, convence a una amiga lesbiana para que también se vista «de mujer» y aparente junto con él una situación de noviazgo ante un familiar que vivió varias guerras; tiene fugaces intercambios con su ex novia Martine (a Audrey Tautou le toca el personaje más insignificante de su tambaleante carrera), le sale un viaje a Londres, le encargan ser «ghostwriter» de una bella modelo, reencuentra a un ex camarada que va a casarse con una bailarina rusa, se van todos para San Petersburgo, boda a bordo, en fin.
Todo va transcurriendo lentamente, y uno recuerda aquella frase de Borges: «La vida es muy corta, pero algunas horas pueden llegar a ser infinitas».
Dejá tu comentario