19 de diciembre 2001 - 00:00
Murió ayer Gilbert Bécaud
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Gilbert Bécaud
Nacido como Francois Leopold Silly el 27 de octubre de 1927 en Toulon, (algunos dicen el 24), compuso a lo largo de su carrera más de 400 canciones, como «Nathalie» o «L'important c'est la rose», y una ópera, «L'Opera d'Aran», también exitosa en su momento. A diferencia de otros cantantes populares, él tuvo una buena base musical. A los nueve años ya estaba estudiando en el conservatorio de música de Niza. Una beca en su adolescencia le permitió seguir piano y composición en Roma. Pero, por razones económicas, a fines de la Segunda Guerra Mundial debió abandonar los estudios, y dedicarse a tocar el piano en bares y clubes nocturnos. Por suerte, un antiguo maestro suyo lo contactó con Edith Piaf, que lo tomó como su pianista en una célebre gira por América. Bécaud tenía entonces 19 años. Al regreso, Piaf lo contactó con Louis Amade, y éste con la cantante existencialista Juliette Greco. Así nació su primer éxito, «Les croix». Tras él vendrían «Donnemoi», «Je veux te dire adieu», y otros, la mayoría en colaboración con su amigo Pierre Delanoe, y casi todos evidenciando su calidad de poeta fino y original, como «T'es venu de loin», sobre un encuentro con Jesucristo, el kafkiano «L'Orange», y el discutido «Tu le regretteras» (para muchos un larvado elogio a Charles De Gaulle).
Faltaba, sin embargo, el gran paso. El 20 de diciembre de 1952, impulsado por Charles Aznavour, el joven Bécaud debutó como cantautor, en una pequeña sala de Versailles. A las pocas semanas ya estaba en el Olympia, lanzando a sala llena «Quand tu danses», que sería inmediato gran premio del '53. Por entonces brillaban Trenet, Montand, Aznavour, Brassens, todos ellos de estilo calmo, aplomado. En cambio, Bécaud era un torbellino, un showman de temperamento exaltado, agresivo, con el saco azul desprendido, la mano en la oreja, corbata a lunares, y un juego de luces sorprendente para la época, armado (esto pocos lo saben) por Henri-Georges Clouzot, el director de «Las diabólicas» y «El salario del miedo». También apodado «Señor dinamita», Bécaud decía que lo suyo era algo visceral. Esa misma impulsividad hizo que celebrara las noticias de que había superado el cáncer fumando un cigarrillo.


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