Los Angeles (EFE y ASN) - Virginia Mayo, leyenda de Hollywood, cuya belleza llevó a que se la definiera alguna vez como «prueba de que Dios existe», murió el lunes, a los 84 años, víctima de una pulmonía, pero la noticia se conoció ayer. La voluptuosa rubia que encarnó el glamour del Hollywood de los años '40 y '50, actuó en más de 50 películas, junto a actores tan diversos como Danny Kaye, James Cagney, Bob Hope e incluso Ronald Reagan. Si bien gran parte de su filmografía estuvo dedicada a la comedia, Virginia Mayo triunfó también en papeles dramáticos como el clásico «Lo mejor de nuestras vidas» (1946) o «Alma negra» (1949).
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Nacida en San Louis (Missouri), en 1920, con el nombre de Virginia Clara Jones, hija de un periodista y un ama de casa, su interés por el mundo del espectáculo fue precoz, y comenzó su formación actoral en la academia de arte dramático de una tía. Su nombre artístico, Virginia Mayo, nació de una de sus primeras giras por Estados Unidos con un espectáculo de variedades. Allí adoptó el nombre de uno de los dos humoristas que trabajaban con ella disfrazados de caballo.
La actriz comenzó su carrera en Hollywood, como extra en el film de 1943, «Follies Girl», al que le siguió un pequeño papel en la película «Jack London» (1943) que protagonizaba el que terminaría siendo su marido, el actor Michael O'Shea.
Su belleza y su sentido del humor le granjearon una carrera rápida en el campo de la comedia, donde trabajó con Bob Hope en «El cofre del pirata» (1944) de David Butler; y con Danny Kaye en numerosas películas como «Nace una Nación» (1948), de Howard Hawks, y «Delirios de grandeza» de Norman Z McLeod. También trabajó con Burt Lancaster en el filme burlesco de aventuras «El halcón y la flecha».
Aunque su carrera será recordada como la de una comediante, Mayo reveló al público su faceta dramática en cintas como «Lo mejor de nuestras vidas» del gran William Wyler, junto a Dana Andrews, o el melodrama de Raoul Walsh «Alma negra», junto a James Cagney.
Dentro de toda esta carrera, el rubio ceniza del cabello de Mayo, sus ojos verdes y su figura sensual siempre se impusieron sobre su labor profesional. Una belleza que cautivó a un sultán de Marruecos, quien le escribió una popular carta en la que subrayaba que Mayo era «la prueba de la existencia de Dios».
Pese a su larga carrera artística y a una belleza que perduró incluso en su madurez, Mayo apenas trabajó una vez desaparecido el sistema de estudios en Hollywood que protegía a su cantera de estrellas. Además, la actriz siempre repudió la televisión aunque hizo algunas colaboraciones en series como «Santa Bárbara». Los últimos años de su vida los consagró a la pintura.
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