7 de noviembre 2001 - 00:00

"Naipaul me aburre y lo considero un racista"

Naipaul me aburre y lo considero un racista
Aunque ya es un clásico de la letras hispanoamericanas, a Sergio Pitol (México, 1933) le gusta seguir considerándose un excéntrico. Hombre que hace gala de su cultura y viajero empedernido, Pitol ha sido diplomático en Varsovia, Budapest, París, Moscú y Praga, y un andariego del mundo. Manejar una decena de idiomas hizo que la traducción de, entre otros, James, Conrad, Gombrowicz, fuera, en su juventud, su forma de vida. Los sucesivos premios ( Herralde y Rulfo, entre los más conocidos) por sus novelas, cuentos y ensayos le han dado prestigio internacional. Cuando presentó su libro «El viaje» en Buenos Aires, la semana pasada, fue rodeado por una corte que reunió a académicos criollos, descendientes de Pedro Henríquez Ureña, amigos de Witold Gombrowicz y escritores de diversos registros. Hablamos con Pitol sobre literatura, su relación con la política, su obra, los autores que conoció, los que admira, el valor de los escritores exóticos, Borges, V.S. Naipaul, la guerra actual.

Periodista: En «El viaje» pensó contar de Praga y terminó hablando de la Perestroika, las persecuciones a artistas...


Sergio Pitol:
Fue para mí una sorpresa muy grande. Viví 6 años en Praga, donde fui embajador. Fui muy buen cicerone para mis amigos, mostrando la belleza y los misterios de esa ciudad extraordinaria donde sentí, hasta el último día, que estaba apenas en el umbral. Al regreso decidí preparar ese libro. Yo llevo diarios y de ellos sale todo lo que he escrito. Están las semillas de novelas, de relatos y aún de ensayos. Al buscar cómo se me apareció Praga y qué cosas me impresionaron más la sorpresa fue enorme porque, en mis diarios la ciudad casi no existe, quizá porque pensé que al escribir mis impresiones la minimizaba o la achataba. Pero encontré unas páginas de un viaje a Georgia, y al leerlas volví a recuerdos muy vivos, porque era un momento realmente formidable...

P.: El fin del comunismo...

S.P.: El final del comunismo, la mitad de la Perestroika. Había una efervescencia, una ilusión, una vitalidad enorme en la gente. Resistencia de los burócratas a un cambio irrefrenable.

P.: Cuenta, al pasar, de los horrores del comunismo...


S.P.:
En el stalinismo las purgas fueron monstruosas con grandes poetas, escritores, científicos, gente de teatro. Y la esperanza de un cambio, casi todos creían que la cúpula no sabía lo que estaba pasando en las cárceles y que, si podían comunicarse con los dirigentes, eso cesaba. Que no era culpa de Stalin sino de un cuerpo policíaco viciado y sádico. En ese sentido las cartas que deja Meyérhold son terribles.

P.: ¿Cómo construyó «El viaje»?

S.P.: Ampliando notas de los encuentros que tuve en Moscú, en Leningrado y en Georgia, que necesitaban el contraste con otros textos, literarios y políticos, como los de Meyérhold o la vida de Marina Tsvietáieva y su familia: al marido lo ejecutaron, a la hija la torturaron y la mandaron a Siberia, el hijo se murió y ella se suicidó. Es mi homenaje a la literatura rusa.

P.: Usted es un autor casi inclasificable, salvo que se lo relacione con Borges, Gombrowicz,

W.G. Sebald o Vila-Matas...

S.P.: Una de mis pasiones han sido las literaturas excéntricas. Autores anticlasificables que rompen el canon o van paralelos al canon, tocándolo y apartándose de él. En «Pasión por la trama», reúno referencias a lecturas de escritores que están fuera del canon. No me plantee un libro sobre excéntricos, reuní ensayos sobre los que fui trabajando durante muchos años, autores que me interesan y que deseaba compartir porque están perdidos en la literatura, en ediciones pequeñísimas y casi desconocidas. Cuando los reuní tuve conciencia de que ese es el mundo literario donde me siento como pez en el agua, que disfruto muchísimo...

P.: ¿Por ejemplo con Gombrowicz, del que es traductor?


S.P.:
Están, entre otros, Gombrowicz, Gogol, el irlandés Flann O'Brien, el ecuatoriano Pablo Palacios (del que ahora la UNESCO ha hecho la edición de sus obras). En el tramo larguísimo que me llevó ese libro, no era que estuviera buscándolos sino que es un mundo al que me siento muy cercano. Mis últimas novelas que ahora están unificadas en «Tríptico de carnaval», muestran un mundo paródico, desacralizado, el transformar valores que se reverencian, y que a mí me parece que no tendrían porque reverenciarse, y volverlos al revés como hace Gombrowicz, en un tono goyesco, donde está el drama, el horror y la burla...

P.: Esta actitud está presente desde sus primeras obras...


S.P.:
En mi primera novela, «El tañido de una flauta», cuento la vida y decadencia de gente que en la juventud eran grandes promesas, con todos los atributos para destacarse en lo que quisieran: literatura, pintura, mujeres, empresas, y tienen un momento de detención y luego una pérdida de todo, y se engañan diciendo «dentro de poco voy a realizar eso que se espera de mí, que las circunstancias no me han permitido», y mueren así. Ahí incluí por primera vez el carnaval, la broma, lo obsceno.

P.: ¿A qué lector dirige sus libros?

S.P.: Siempre tengo en mente algunas personas cuando escribo, como si mantuviera un diálogo y sintiera sus críticas. Alfonso Reyes decía que él escribió siempre pensando en Pedro Henríquez Ureña, su maestro y amigo de toda la vida, en Borges y en el español Díaz Canedo. El juicio de ellos, decía, pesaba en su escritura. A mí me pasa lo mismo. Creo que muchos escritores tenemos ese tipo de diálogos en el momento de escribir. A veces siento que me dirían «eso es un estupidez total». Y vuelvo a leer y efectivamente es una estupidez y tengo que rehacerlo.

P.: ¿Cómo le va con su fama actual?

S.P.:
Me defiendo muchísimo. Escribo como antes, como si no tuviera los premios. Escribir para ganar un premio puede ser la tumba de un escritor.

P.: ¿Qué piensa del premio Nobel V.S. Naipaul?

S.P.:
Lo leí poco. Un par de novelas que eran buenas, pero que me aburrieron. He tenido la sensación de un hombre que regaña al lector, que lo fastidia. En algunos artículos tiene una cosa profética, de mando, de imperio sobre los demás. Y un libro de viajes que es precioso y estimulante. Yo tenía la esperanza de que el premio Nobel de este año se lo dieran al sudafricano Coetzee que es espléndido.

P.: Naipaul hace entrar en el canon la de literatura de viajes, donde usted podría ser incluido...


S.P.:
Tengo muchas disimilitudes con Naipaul.

Por lo pronto en esa cosa racial que tiene, eso de que porque es de familia de la India es superior a la población de su isla me provoca incomodidad. Con
Chatwin me siento más cercano, es realmente un explorador, parece un viajero del siglo de las Luces. Esa mezcla de cultura muy refinada con condiciones muy ásperas, me resulta muy bien.

P.: ¿Qué piensa de la guerra actual?

S.P.:
Estoy casi en el umbral de los 70 años y me asombra mucho la actualidad, me espanta. Entramos a una etapa de la historia diferente a la que pertenezco. Tengo muchísimas dudas. La concepción de globalización es lo radicalmente opuesto a la universalidad que yo admiro, al mundo renacentista, a un mundo diverso y donde todo está en todo, un mundo que puede ser muy armónico, pero dando luces distintas por todas partes. He visto en estos últimos 10 años, las ruinas de nuestro continente, de México al Sur. Países que eran riquísimos están hechos trizas, pero en este mundo de ruinas y cenizas hay voluntad de no irse al fondo. América latina tiene un enorme prestigio intelectual internacional, hay voces muy nuevas, con concepciones de la literatura audaces e intensas. Estamos en el umbral de otra cultura. Tengo el temor de los viejos sobre qué va a pasar con el mundo, pero la felicidad de ver cómo la cultura sigue viva, sin amparos, y sin que sea aplastada por la literatura light.

Entrevista de Máximo Soto


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