1 de junio 2006 - 00:00

Necesita cortes, pero aún sacude cínica obra de Albee

Bajo la rigurosa marcación de Luciano Suardi, Selva Alemán y Arturo Puig dejanla vida en el escenario como la violenta pareja protagónica de una pieza aúnpotente, pese a que le sobran textos explicativos y tiempos muertos.
Bajo la rigurosa marcación de Luciano Suardi, Selva Alemán y Arturo Puig dejan la vida en el escenario como la violenta pareja protagónica de una pieza aún potente, pese a que le sobran textos explicativos y tiempos muertos.
«¿Quién le teme a Virginia Woolf?» de E. Albee. Dir.: L. Suardi. Int.: A. Puig, S. Alemán, E. Wexler, C. Tolcachir. Esc.: G. Galán. Vest.: M. Albertinazzi. Dis. Luces: J. Pastorino. (Teatro Regina.)

A más de cuatro décadas de su estreno, «¿Quién le teme a Virginia Wolf?» sigue resultando una obra osada, básicamente por los tremendos duelos verbales que mantienen sus protagonistas acicateados por el alcohol. Todo se inicia con una visita de cortesía entre docentes universitarios que luego de una fiesta se dedican a intercambiar ofensas, humillaciones y secretos revelados a traición.

George y Martha son los anfitriones. El es un profesor de historia mediocre y fracasado, ella ostenta el dudoso mérito de ser hija del dueño y director de la Universidad. Temperamental y deslenguada agrede todo el tiempo a su marido para que reaccione («Te juro que si existieras, me divorciaría de vos» es su comentario más suave), pero él es tan sádico como ella. La crueldad es un deporte que los ayuda a sentirse vivos. Capa por capa, ambos irán desnudando esa noche las fantasías y recuerdos traumáticos de este infierno matrimonial tomando como testigos a la parejita visitante, integrada por Nick, el nuevo profesor de biología de la universidad, y su esposa Honey. Ellos son la versión joven de George y Martha, pero a su vez representan la hipocresía de una sociedad pacata y materialista que todo lo evalúa en términos de orden y progreso.

Edward Albee («Un delicado equilibrio», «Tres mujeres altas», «El juego del bebé») saltó del off Broadway a la fama internacional con esta pieza estrenada en 1962. Cuatro años más tarde contó con una inolvidable versión cinematográfica dirigida por Mike Nichols y protagonizada por Elizabeth Taylor y Richard Burton, que sumó más galardones a su exitoso, pero no menos polémico debut teatral. En aquel momento, varios críticos neoyorquinos objetaron su construcción dramática y la poca credibilidad de su final.

Hoy la obra requeriría de algunos cortes para recuperar su fuerza contestataria ante a un público mucho más acostumbrado a convivir con la violencia, la ambigüedad moral y el derrumbe de casi todos los tabúes. Hay varias cosas que sobran: los textos explicativos y ciertos momentos -de calma entre peleas- que sólo contribuyen a que la acción se enfríe y el espectador se desconecte. Aún así, la obra ha logrado una gran repercusión a pocas semanas de su estreno, especialmente entre el público mayor, que al no estar habituado a un lenguaje tan frontal sufre más el impacto.

Arturo Puig y Selva Alemán dejan la vida en el escenario. Cada uno enfrenta el papel más exigido de sus carreras y lo defienden con un gran compromiso físico y emocional. El cinismo les sienta mejor que los estallidos de furia o de dolor, pero su labor es muy digna gracias a la rigurosa marcación de Luciano Suardi. Claudio Tolcachir acierta en la composición del ambicioso Nick, mientras que Eleonora Wexler brinda una Honey muy conmovedora. La actriz domina la escena en cada una de sus intervenciones.

La puesta de Suardi explora zonas muy primarias (la lucha entre eros y tánatos, el cruce entre lo apolíneo y lo dionisíaco). Por allí ronda la fuerza de esta pieza, en ese mix de sensualidad desenfrenada e intelectos corrompidos que devoran sus propias entrañas y hurguetean en las ajenas. Albee se ocupó de destruir el mito de la pareja ideal y la familia perfecta haciendo gala de un cinismo lacerante. Sus diálogos son ingeniosos, de un humor muy hiriente, pero efectivo. El adecuado para equilibrar tanta masacre verbal.

Hoy nadie se asusta de las groserías de estos personajes, es cierto, pero su crudo desencanto sigue siendo estremecedor.

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