Todo empieza cuando el conserje nigeriano de un hotel (donde, coherentemente, trabaja en negro) descubre los rebusques más pavorosos del administrador español. El africano, un tipo con estudios, con sus principios morales, pero caído en desgracia, no quiere ser cómplice de semejantes cosas. El otro en cambio, se está convirtiendo en un grasa con plata que se da la gran vida, y a veces lo tienta, y otras lo amenaza. El negocio, poquita cosa, es la venta de documentos a cambio de riñones y menudencias similares.
Ellos y otros personajes laterales, todos de distinto origen porque según parece en Londres lo que menos hay son londinenses, componen un relato entretenido, aunque algo asqueroso, que al mismo tiempo es casi una parábola sobre el otro lado de la globalización. Y que tiene una resolución llena de justicia (cinematográfica), bastante inverosímil, pero divertida. El final se estira un poco y se vuelve medio lloroso, pero en conjunto se trata de un buen reencuentro con el
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