El año que pasó ha dejado el rostro de la Academia de Hollywood tan irreconocible como el de Jake LaMotta, el boxeador que interpretó Robert De Niro en “El toro salvaje”. Y también el alma.
La Academia se rindió ante Netflix en sus nominaciones
Las triunfadoras, aun antes de la ceremonia del 25 de abril, son las empresas de streaming cuyos productos obtuvieron elegibilidad plena en Hollywood.
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Desfigurada y transfigurada, la institución rectora de las normas por las que se guió el cine y sus premios a lo largo de la historia, aun en los años más agitados como los 60 y 70, debió ceder casi todo.
Ayer, con el anuncio de las nominaciones a los premios Oscar, se pudo comprobar que la pandemia del coronavirus obligó a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas a reformularse más allá de los toques cosméticos que solía tolerar en el transcurso del tiempo (como el cambio de nombre de alguna categoría, el número de competidores en determinado rubro, la fórmula “And the winner is” por “And the Oscar goes to”, etcétera).
Entre 2020 y 2021, con los cines estadounidenses y del resto del mundo cerrados, con la producción semiparalizada, con actores, directores y técnicos que enfermaban, con los estudios de producción tradicionales, que formaron siempre su columna vertebral pero que ahora se vendían al enemigo, como la Warner Bros., y con el avance arrollador de ese enemigo, los gigantes del streaming, que instalaron en el corazón de los hogares aquello que Hollywood siempre quiso evitar, la Academia claudicó. No había forma de subsistir de otra forma.
Desde este año, el cine que se ve en el televisor HD, o en la computadora, o en el smartphone, es tan cine como el que se veía antes en la pantalla de las salas, tan digno de un Oscar como el que se hacía en celuloide. Al fin, el hijo bastardo obtuvo plenos derechos en ese suburbio de Los Angeles donde los más poderosos ya no fuman habanos ni visten smoking sino ropas informales, y hasta tatuajes, y deciden el rumbo de la producción y explotación del futuro audiovisual junto a sus “showrunners”. Ellos son los nuevos “tycoons” del espectáculo. En “Sunset Boulevard” (1950), la historia de una diva del cine mudo en decadencia que rodó Billy Wilder, Gloria Swanson decía: “Yo sigo siendo grande. Son las películas las que se han vuelto pequeñas”. Esa frase hoy resuena de otra forma.
Desde marzo de 2020, los reglamentos fueron reescribiéndose uno por uno según lo que ordenaba la necesidad. Primero, las fechas límite para estrenar una película en los Estados Unidos y que fuera elegible para el Oscar: no sólo se trasladó la ceremonia de febrero a abril sino que se le dio más tiempo a los productores para lanzar sus productos donde pudieran, empezando por el streaming, naturalmente.
Si para el Oscar del año pasado era necesario salir simultáneamente en alguna sala, por pequeña que fuere, junto con el estreno en plataforma (como ocurrió con “Historia de un matrimonio”, con Adam Driver y Scarlett Johansson), ese prurito se perdió velozmente con la crudeza de la pandemia; era tan anacrónico como insistir en vestir un smoking en medio de una inundación. Ya en abril de 2020 se admitió que una película no debía ser exhibida siete días en alguna sala del condado de Los Angeles para optar a una estatuilla.
Los miembros de la Academia, cuando antes abominaban de ver un film en soporte DVD o blu ray (lo hacían cuando no había más remedio, en especial con los candidatos a Mejor Film Internacional, categoría antes conocida como Mejor Film en Lengua Extranjera) se acostumbraron a ver películas en sus hogares con la mayor naturalidad. Algunos llegaron a reconocer, off the record, que no pisaron un cine en todo el año; otros dijeron que sin Netflix, Amazon y el resto de las empresas de streaming, no se habría podido ver nada.
Hasta hoy, hay quienes califican este revolucionario cambio de hábitos y formato como “temporal”, y auguran que apenas se aleje la pesadilla del coronavirus, se alcance la inmunidad de rebaño y los cines vuelvan a funcionar normalmente, todo volverá a ser como antes. Desde ya, son muy pocos los que realmente se lo creen. La transformación operada en Hollywood por la pandemia no sólo coincide con el otoño de los grandes maestros (para no llamarlos patriarcas, que hoy queda mal), desde Coppola a Scorsese, defensores a ultranza del cine en salas, sino con el advenimiento de generaciones indiferentes por completo a los manuales de estilo con los que se rigió la industria desde su fundación.
Sin embargo, a Hollywood no sólo la afecta la tecnología. Los cambios, también irreversibles, que impulsaron movimientos como el #MeToo, el #OscarTooWhite y otros tantos vinculados a género, raza, orientación sexual y demás asuntos sensibles, convirtieron a la Academia (históricamente acusada de sexista y racista) en una especie de asamblea de Naciones Unidas obligada a mantener un equilibrio entre todas las representaciones posibles, sin que nadie se sienta excluido. Como señalaron algunas voces, no sin algún temor, que eso puede coincidir, o no, con los valores cinematográficos de las películas que se supone debe distinguir la Academia. Y, cuando ese equilibrio depende del voto de casi 10.000 miembros, todo se complica más. A mediados del año pasado, la Academia incorporó un record de 842 nuevos miembros, en su mayoría mujeres y afroamericanos. Todo es muy sensible, al punto de que no se sabe si habrá maestro (o maestra) de ceremonias que cuente chistes. Dura tarea.
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