Presentación de «Batuque». Actuación de Ney Matogrosso (voz). Con R. Souza (guitarra, dir. mus.), Z. Nogueira (saxo soprano), D. Leite (saxo, flauta, clarinete), Zero y Z. Trambique (percusión), J. Carneiro (guitarra de 7 cuerdas), R. Do Badolim (mandolina, cavaco), J. Helder (bajo) y O. Bolao (batería). (Teatro Gran Rex, 9/11.)
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Tuvieron que pasar trece años desde su anterior visita para que volviera a cantar en la Argentina. Sus discos son una rara avis en el mercado local; y ni siquiera ante la inminencia de este nuevo show, su compañía discográfica pensó en promocionar adecuadamente el más reciente «Batuque».
La producción de este único concierto fue tan poco arriesgada que casi no tuvo publicidad y ni siquiera hubo un programa de mano con la ficha del show para entregarle a un público que pagó 55 pesos por las mejores plateas. En ese sorprendente desinterés por apoyar con más seriedad y continuidad a un artista como Ney Matogrosso debería buscarse, quizá, la escasa convocatoria de su único concierto en el Gran Rex.
Mientras Caetano Veloso, que actuará allí mismo en pocos días, ya tiene programados cuatro shows, Matogrosso debió conformarse muy injustamente con una pobre concurrencia nada acorde a su importancia musical. Muy popular en su país y mimado de la prensa, Ney encarna una estética que hoy llamaríamos «almodovariana» (por su travestismo, por su homenaje permanente a las divas, por su acercamiento al kitsch), aunque él empezó a trabajar en esa línea mucho antes de que el realizador español adquiriera fama mundial.
Más que nunca, en este show está presente Carmen Miranda y el espectáculo, en ese sentido, representa descaradamente la postal más turística de un Brasil. Con una escenografía de palmeras, músicas que circulan siempre alrededor de un samba centroamericanizado, una banda que pone el acento en la percusión y en los arreglos sencillos, un repertorio que recuerda temas muy populares del pasado («Vatapá», «Tico Tico no Fubá», «Bamboleô», «Samba rasgado», «O que a baiana tem» o «El manicero», entre otros).
Desde la voz sobreaguda y perfectamente afinada de Matogrosso a la que no le han pasado los años (tiene 60, pero nadie lo supondría, ni por su garganta ni por su cuerpo ni por su sensual manera de moverse), hasta la coherencia de un show que no tiene fisuras en ninguno de sus aspectos. Desde el profesionalismo del grupo instrumental hasta la osadía del cantante de cambiarse en escena sin que falte la exhibición de una tanga diminuta.
Y por si le hubiera faltado algo a este espectáculo para ser perfecto, en el cierre, fuera de programa, hizo una emotiva versión de su clásico «Rosa de Hiroshima».
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