2 de mayo 2008 - 00:00
"Ni la modernidad resolvió las dudas que planteó Chejov"
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Luciano Suardi dirigirá desde el domingo el clásico «Tres hermanas», de Anton Chejov, con Carolina Fal.
P.: Revisemos el mito Chejov. Todavía se lo acusa de poner demasiada gente en un escenario sin hacer nada o de que sus personajes son pocos expresivos. ¿Qué nos puede decir al respecto?
L.S.: Sí, uno escucha a veces que en Chejov no pasa nada... Yo creo que él introdujo una forma dramática muy novedosa y que además ha desarrollado escenas frente a las que nadie podría decir «ahí no pasa nada». Al contrario, hay tormentas muy profundas aullando en estos personajes que se insultan, se aman, se besan, se suicidan, se pegan tiros, son infieles -algunos se atreven, otros no-. Pasan muchas cosas en las obras de Chejov y aunque su teatro esté asociado a «lo no dicho», es bueno recordar que sus protagonistas no se privan de decir todo lo que les pasa. Suele decirse que el teatro chejoviano es de acción indirecta, porque pareciera que la realidad estuviera pasando por el costado o que el autor tomó momentos de aparente trivialidad cotidiana.
P.: ¿Y en el caso de «Tres hermanas»?
L.S.: Es aun más importante que se perciba ese lento transcurrir, porque uno de los grandes protagonistas de la obra es el tiempo. A veces digo que es un largo monólogo que toma, desde distintas perspectivas, el tema de los sueños no realizados, los deseos incumplidos y las ilusiones que se van desintegrando; donde los personajes reconocen su infelicidad, saben o intuyen que algo podrían hacer para cambiar esa condición y sin embargo no se atreven a hacerlo.
P.: La sociedad actual no perdona la improductividad. ¿Hoy no serían considerados unos auténticos perdedores?
L.S.: Yo ligaría su conducta a otro tipo de preguntas que me han conmovido a un nivel más personal: «¿Cómo llegué hasta aquí y no me di cuenta? ¿Por qué no hice tal cosa en aquel momento ya que ahora es demasiado tarde? Muchas veces no tenemos respuesta a este tipo de interrogantes y estos personajes tampoco la tienen. Y yo, desde luego, no creo que montar estas obras en escena implique dar una respuesta a todo esto.
P.: ¿Qué le hubiera respondido Chejov a sus detractores del siglo XXI?
L.S.: Lo mismo que escribió en una carta: «Seamos tan complejos y tan simples como la vida misma. La gente cena y al mismo tiempo logra la felicidad o destroza su vida» Me parece que dentro de cierta aparente trivialidad cotidiana los personajes de Chejov arruinan su vida casi sin darse cuenta, como podría hacerlo cualquiera de nosotros.
P.: ¿Qué tal fue su experiencia en Japón con «Un hombre que se ahoga»?
L.S.: Fantástica. La obra fue muy bien recibida, Tokio es una ciudad en verdad excitante y los japoneses son extraordinariamente amables. Cuando uno se les acerca en la calle para preguntarles una dirección, ellos siempre responden con gran cortesía, pero en japonés. El inglés no está muy difundido, ni siquiera entre los empleados de los hoteles. Yo por ejemplo pedí un adaptador para un enchufe y me trajeron un transformador gigantesco, y eso que nos alojamos en un hotel de primera línea, con una vista de Tokio tan espectacular como la que muestra la película «Babel».
Entrevista de Patricia Espinosa




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