25 de febrero 2002 - 00:00

"No se puede ser genio y buena persona"

Marina Picasso
Marina Picasso
"Tengo 51 años y nací en Cannes", dice Marina Picasso-, nieta del artista. « Me dedico al trabajo humanitario: he fundado un pueblo para albergar a 350 huérfanos en Vietnam. Estoy separada y tengo cinco hijos, dos biológicos y tres adoptados. Mi política es la política del corazón. Soy protestante.Admiro a Picasso y odié a mi abuelo..., pero hoy ya lo he superado». Autora de la más reciente, y controvertida, biografía sobre su abuelo, dialogamos con ella:

Periodista: ¿Cuál es su cuadro favorito de Pablo Picasso?


Marina Picasso:
El retrato de Olga Kokhlova -mi abuela-con su hijo, el pequeño Paulo, en brazos.

P.: ¿Le gustaría tener ese cuadro?

M.P.: Lo tengo. Forma parte de la herencia de Picasso que me correspondió. Y preside el salón de mi casa, La Californie.

P.: ¿Esa es la casa en la que vivía Picasso, no?

M.P.: Sí. Allí íbamos de visita mi hermano Pablito y yo, de niños, de la mano de mi padre, Paulo, hijo de Picasso y Olga Kokhlova. Pero no siempre nos dejaban entrar.

P.: ¿Por qué?

M.P.: Nos decían: «Hoy no puede ser». O: «El genio trabaja», «Vuelvan otro día»...

P.: ¿Y volvían?

M.P.: Sí. Mi hermano y yo vivíamos con mi madre, y mi padre -estaban separados-necesitaba cobrar de Picasso para mantenernos.

P.: ¿Y por qué tenía que pagarle Picasso?

M.P.: Mi padre ejercía de chófer ocasional de su padre... «No sirves para nada», le repitió Picasso durante toda la vida, desde niño: le destrozó la autoestima. Mi padre era un hombre apabullado por su padre, humillado.

P.: ¿Presenció alguna de esas humillaciones?

M.P.:
Sí. Un día de los que entramos, al irnos le dio dinero. Mi padre le dijo: «Gracias», y Picasso, delante de mi hermano y de mí, le espetó: «No eres capaz de hacerte cargo de tus hijos, de ganarte la vida, de hacer nada de nada. Eres un mediocre y siempre serás un mediocre. ¡Me estás haciendo perder el tiempo!».

P.: ¿Y qué tal la trataba Picasso?


M.P.:
A veces hacía una pajarita de papel, pero nunca nos la regalaba. Mire, Picasso tenía allí una cabra: la cabra era más feliz que yo, porque ella existía para mi abuelo y yo no. Yo necesitaba un abuelo y nunca lo tuve.

P.: Si lo tuviera ahora aquí, ¿qué le diría?


M.P.:
Cosas tiernas. «Explícame, abuelo: ¿por qué la comunicación fue tan difícil? ¿Por qué no hablaste más con tu hijo?

P.: ¿Qué fue de su padre, de Paulo?


M.P.:
Al morir Picasso, mi hermano Pablito se suicidó: se bebió una botella de lejía y agonizó durante meses en un hospital. Y, poco después, mi padre murió.

P.: Parece la maldición de una momia.

M.P.:
Picasso lo dijo: «Cuando yo muera, me hundiré como un navío y el torbellino arrastrará a muchos al fondo». Dejó muchas víctimas. Su esposa Jacqueline se pegó un tiro; otra de ellas, Marie-Thérèse, se colgó.

P.: ¿Qué tenía Picasso?

M.P.:
Aquella mirada... De niña, yo tenía miedo de sus ojos. La portada de mi libro lleva sus ojos y sé de gente que tiene que dar la vuelta al libro sobre la mesita de noche para no ver esos ojos, porque esos ojos turban.

P.: Algo más habría, además de sus ojos.

M.P.:
Un genio artístico gigantesco. Un genio cruel que destruyó muchas vidas. ¡El mismo fue la primera víctima del genio de Picasso!

P.: ¿Por qué lo dice?

M.P.:
Porque se quedó solo. Mi abuelo murió solo, con una corte de aduladores, sí, pero solo. Fue un preso de su arte.

•Bulímico

P.: Pero, ¡qué arte: revolucionario, único!

M.P.:
Ese es el problema: la mirada de los admiradores le insufló ese despotismo. Y fue un bulímico de su arte: estaba siempre creando, sin pararse nunca. Incluso detenerse a comer le parecía tiempo perdido. ¿Y por qué tal pulsión? Porque nunca estaba satisfecho de su obra: siempre le parecía una mierda.

P.: La historia del arte no opina igual.

M.P.:
Yo le oí decir: «Pinto tres mierdas y con eso pago una casa». Tres mierdas. El veía que su «mierda» le granjeaba admiración, eso sí, y seguía: él creaba «mierda» para que le apreciasen, ¡pero nunca tenía bastante!

P.: ¿Un insatisfecho crónico?

M.P.:
Un genio del arte, pero, a la vez, una persona cruel que no sabía ser amado ni amar.

P.: ¿Picasso nunca amó?

M.P.:
Amó como artista, no como hombre. Todas sus mujeres fueron, al cabo, material para su arte. Y las iba abandonando.

P.: Algún momento tierno tendría su abuelo.

M.P.:
No lo recuerdo... Hay fotos tiernas con su mujer e hijo, ¡posadas para el fotógrafo!

P.: Debe de traerle muy malos recuerdos vivir ahí, en La Californie.


M.P.:
Hoy es un hogar en el que hay calor, hay afecto, están mis hijos... Pero durante años yo no pude mirar un cuadro de Picasso. Los tenía de cara a la pared.

P.: ¿En serio?

M.P.:
Por rencor a mi abuelo, castigué a su pintura. Me costó 15 años de psicoanálisis, pero hoy ya no soy una víctima de Picasso: vencí el rechazo a su arte, y a él ya lo recuerdo sin odio.

P.: Es que heredó usted parte de su fortuna.

M.P.:
Pero eso no arregló las heridas del alma. Esas las he sanado yo sola, con mi esfuerzo.

P.: ¿Y qué dicen los demás nietos de Picasso?

M.P.:
¿De mí? Nada: todos saben que digo la verdad. Sólo me han insultado los idólatras de Picasso, esos que son alguien a su costa.

P.: ¿Qué les diria?

M.P.:
¿No se dan cuenta de que Picasso no los necesita? Esos admiradores mantienen que un genial artista, por serlo, es una persona superior a las demás, con derecho para humillar al prójimo y para destruirlo todo. Creo que es imposible ser a la vez artista genial y buena persona. Porque el gran artista vuelca todo su tiempo y energías en su arte, y todo es «todo»: nada queda para las personas que lo rodean.

P.: ¿Qué hizo el día en que murió Picasso?

M.P.:
Yo tenía 22 años, y sentí que Picasso no había muerto, que no moriría nunca, que quedaría por siempre como una maldición.

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