12 de enero 2002 - 00:00

nte la coyuntura, al país sólo le queda exportar arte

Durante la década del ochenta, el arribo de la democracia permitió abrir cauce a la actividad cultural hasta entonces reprimida, impulso que cobró mayor fuerza en los '90, cuando la convertibilidad posibilitó el consumo de bienes culturales extranjeros. La Argentina se insertó entonces en el mundo globalizado y accedió a la cultura con la avidez de quien necesita ponerse al día, en todos los órdenes. Y aún cuando los síntomas de la recesión comenzaron a provocar desaliento, continuaron las compras en los remates de Christie's y Sotheby's de Nueva York, las giras por exposiciones, ferias, bienales y los eventos culturales más importantes del circuito internacional, así como la contratación de las grandes figuras que llegaron a nuestro país. De este modo, los artistas, intelectuales y operadores culturales y coleccionistas argentinos, fueron nuevamente invitados al concierto de las naciones prestigiosas. Ahora, la salida del «uno a uno» abre un interrogante. Un gran interrogante, dado que algunos miran el futuro con esperanza, mientras que otros divisan un horizonte apocalíptico.

La directora de la Fundación Proa, Adriana Rosemberg, es optimista: «A la hora del balance los argentinos somos millonarios», asegura con énfasis. «Ya tenemos un museo como el MALBA, el más importante de arte latinoamericano que hoy existe en el mundo, el de la Fundación Fortabat en marcha y nuevas galerías del mejor nivel; la Fundación Antorchas aprovechó estos años para capacitar a muchos de nuestros artistas en el exterior y traer a los mejores expertos de afuera; el Fondo de las Artes convocó al Museo Guggenheim para dictar un seminario de curaduría, instauró un sistema de becas y editó libros imprescindibles; en el país se volvieron a fundar colecciones internacionales...».

Es cierto, todo el entramado del sistema que sostiene a las artes y la cultura se tejió durante estos años para sostenerlas, se trata de un capital ya consolidado que puede rendir sus frutos. Claro, siempre y cuando no se corten los hilos que permiten interactuar con el exterior, pues en este sentido, y luego de las escenas de violencia que se transmitieron en todo el mundo, la Argentina dejó de ser el país de eventos felices que todos aspiraban visitar. El cambio de imagen determinó hoy una suerte de aislamiento, ya no resulta fácil contratar exposiciones o personalidades de envergadura que sin duda van a escasear, más aún cuando la salida de la convertibilidad aumenta significativamente el costo. Sin embargo, es preciso revertir cuanto antes la imagen negativa y la cultura podría cumplir un rol en el nuevo escenario, pues se sabe que es la mejor vidriera, el «espacio publicitario» por excelencia de un país y, sobre todo un producto de primer nivel que puede ser exportado.

Como si fuera una compensación, las puertas del exterior no se han cerrado y abundan
ofertas generosas. Un buen ejemplo es la exposición
«Del Precolombino a lo Contemporáneo», la mayor muestra de arte que jamás haya salido del país. El proyecto lo imaginó el presidente de la entidad cultural Brasil Connects, Edemar Cid Ferreira, y los curadores Teresa Anchorena y Jorge Glusberg trabajan para inaugurarla en mayo de este año, en los 10.000 metros de la Pinacoteca de San Pablo y en coincidencia con la Bienal de esa ciudad que convoca cientos de miles de visitantes.

Apoyo brasileño

Además, Cid Ferreira confirmó a este diario que la exposición argentina ingresará en el amplio circuito de exportación de Brasil, que acaba de exponer su arte en el Guggenheim de Nueva York, y conquista ahora los museos de Europa. Curiosamente, la estratégica política de alianzas que hoy proyecta la Cancillería argentina, ya está planificada y en marcha en el área cultural, que cuenta incluso con ayuda financiera de Brasil.

Pese al empeño de algunas buenas gestiones, será difícil que nuestros museos reciban en el futuro muestras de envergadura como
«De Picasso a Barceló» o «Rodin», o la magia de las «Vanguardias Rusas», que costeó mayormente Teresa Bulgheroni. Pero no van a faltar las exposiciones y eventos que ofrecen las embajadas para promocionar su cultura, productos de marketing enlatados con calidad variada cuyo destino es recorrer el mundo; ni tampoco aquellas que financian los museos de origen o que poseen sus propios patrocinios, como «Políticas de la Diferencia» que exhibe el MALBA en la actualidad, esponsoreada por la Comunidad de Valencia, o la de Lasar Segall que arribará desde San Pablo con auspicio de empresas brasileñas. Lo importante, sin embargo, es algo que ya ronda como asignatura pendiente en la mente de directores de museos y operadores culturales: cambiar el papel de espectador que predominó en la Argentina durante la última década, por el de actor.

Es decir, como afirma un coleccionista,
«los artistas e intelectuales devoraron la cultura del mundo y éste es el momento de elaborar y capitalizar esa experiencia para salir a mostrar la cultura argentina». Por estas razones, suscita tanta expectativa en el ambiente el nombramiento de los futuros funcionarios de la Secretaría de Cultura -hoy subordinada a Educación-, y de la dirección de Asuntos Culturales de la Cancillería, porque se acabó la era de los festivales y el tiempo para cometer errores se estrechó de repente.

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