2 de abril 2007 - 00:00
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Fabiana Barreda reconstruye la casa de cristal de la arquitecta
italiana Lina Bobordi, y le inserta una pequeña pantalla
donde a través de la animación digital diseña una figura
femenina.
La obra más compleja en este sentido es «Después del final», la bellísima y a la vez dramática video instalación que Charly Nijenshon realizó en el Polo Norte. En una de las tres pantallas centrales se divisa la imagen imponente de un témpano gigantesco, pero ese paisaje se va tornando abismal: sobre unos hielos que se desplazan raudos al ritmo de las mareas, se yerguen unas figuras solitarias que aparecen como una metáfora de la humanidad.
Cuestiones sutiles, como la pequeña dimensión de algunos témpanos o la persistencia del sonido ambiental, generan un clima angustiante. En las dos pantallas laterales, como un signo vital, fluye incesante el agua, encerrando al espectador dentro de una obra que muestra la fatalidad de un modo poético.
Por el contrario, el fin del mundo de la venezolana Magdalena Fernández, ingeniosa heredera del arte cinético, se asemeja más bien al Paraíso. La artista ha creado una caja mágica con casi 1000 cables transparentes de fibra óptica que penden del techo y levitan como bucles (que enruló con un ganchito durante la noche), para que el espectador atraviese ese espacio de ensueño envuelto en los pequeños puntos luminosos que danzan a su alrededor.
A su lado, la brasileña Patricia Gerber realiza una performance con montañas de harina, demostrativa de la sensualidad del arte de su país. De un jardín cercano al Paraíso también proviene la inspiración de la argentina Fabiana Barreda, que reconstruye la casa de cristal de la arquitecta italiana Lina Bobordi, y en el centro le inserta una pequeña pantalla donde a través de la animación digital diseña una figura femenina.
Desde el corazón de esa mujer brotan ramas que florecen. Esas líneas temblorosas crecen, recorren el cuerpo y manteniendo el gesto sensible del dibujo llegan hasta el vientre para conforman una casa dentro de la casa. El componente sonoro es importante en la obra, cada nota coincide con el crecimiento progresivo de la línea. Con un presupuesto de 300 dólares que le facilitó la Bienal para producir su obra, más algún dinero de su propio bolsillo, Barreda compró tecnología: unos pequeños proyectores de DVD que lejos de anular la calidad sensitiva del trabajo, logran mantener y, sobre todo, subrayar el pulso del artesano a través de una sofisticada animación.
La otra cara de la tecnología, es la del ingeniero Joaquín Fargas, que al igual que el inventor de la película «Volver al futuro» e inclusive, padeciendo los mismos apremios para finalizar su trabajo, ha logrado presentar un aerodinámico girasol estilo techno con pétalos sensibles a la luz que tienen un fin utilitario: reportar cambios meteorológicos a una central.
En el ex Presidio, las obras deben competir con la poderosa fuerza de ese lugar, impregnado todavía por el aliento de su historia feroz. La obra que mejor se aviene al rigor de la cárcel es la del brasileño José Rufino, que construyó camas «imposibles», ya que debido a su gran formato no caben en las celdas utilizadas como salas de exposición. Con este recurso, Rufino refuerza el sentimiento de opresión que provoca el presidio.
Algo similar sucede con las obras gráficas de León Ferrari, que hoy mantienen vivo el espíritu de los viejos anarquistas que poblaron esas celdas. Las obras de Luis Fernando Benedit, Mónica Girón, Flavia Da Rin, Patrik Hamiltong, Jorge y Luci Orta, Alicia Herrero, Martín Sastre y Antoni Abad, entre muchos otros artistas llegados de China, Dinamarca o Francia, completan el envío. Hasta el martes continúan los debates, seminarios, encuentros y performances.




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