10 de enero 2002 - 00:00
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Una de las obras de la muestra
Giacometti pasó gran parte de su vida en París y es legendaria la pobreza casi franciscana en la que vivió. No menos legendaria era la constante negación de su obra, a la que consideraba un fracaso. En 1964 en la Tate Gallery de Londres, ante las ovaciones recibidas, mordazmente declaró que eran inmerecidas: «no hay un solo obrero de la calle que no merezca lo mismo». Los que lo frecuentaron lo describen como divertido, culto, irónico, fiel amigo, gran conversador, imagen que contradice la del fumador empedernido, solitario y excéntrico sentado al fondo de un café de la calle Didot.
Otra de sus preocupaciones fue el movimiento, a través del gesto de un brazo o de una mano extendida. Su escultura lleva en sí misma el efecto espacial. A propósito, escribió que la escultura reposa sobre el vacío. Es el espacio que se atraviesa para construir el objeto y a su vez es el objeto que crea un espacio. Jean Paul Sartre decía que eran obras para considerarlas a distancia, que excitaban la mirada y que no invitaban a tocarlas por sus rugosidades.
Se exhiben obras tempranas como «Woman with her throat cut» (1932), «Flower in Danger» (1933), «The Palace at 4 A.M.» (1932) perteneciente al MOMA, una construcción de carácter fantástico. Otras obras vinculan el espacio como vacío, por ejemplo el vacío cóncavo de «Spoon Woman». Esculpir para Giacometti fue reducir al hombre a su carnalidad esencial y Michael Leiris se refirió a ellas como «exquisiteces de piedra, alimento de bronce, maravillosamente vivo».


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