Ian McEwan «Sábado» (Barcelona, Anagrama, 2005, 328 págs)
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Sábado, para un profesional, es el comienzo del fin de semana, el día para distenderse y alejarse de las preocupaciones. No lo será para el neurocirujano Henry Perowne, en cuya cabeza nos instala por 24 horas Ian MacEwan. No lo será por esas leves circunstancias molestas que pueden acosar una vida feliz. Menos ese sábado, cuando está a punto de lanzarse la ofensiva militar contra Irak, y en Londres hay una multitudinaria manifestación pacifista. Y menos aún, luego que el mundo se vio sobresaltado, y aterrado, por los atentados del 11 de setiembre, que instalaron una intranquilidad global, que llena de inquietud y angustia a Henry Perrowne, al iniciarse esta magistral novela, al ver volar sobre Londres un avión incendiado. «Cuando el intérprete y el oyente conocen tan bien el recorrido, el placer reside en la desviación, en el giro inesperado contra la corriente. Ver el mundo en un grano de arena», la palabras de su hija, la poeta Daisy Perrowne, dan la clave de este «sábado». Un «sábado» donde se vive el pequeño mundo del protagonista. Donde un argentino puede encontrar, al pasar, menciones a Martha Argerich y a la Guerra de Malvinas (a la que la madre de Harry se opuso a pesar de que «odiaba a Galtieri»), con ese hijo músico de blues al que Ry Cooder felicitó, entre tantas otras cosas que parecen minucias y que permiten participar (ser parte) de la vida de ese hombre que en un momento quisiera abrazar a su blusero y se contiene.
Hacia el final de la novela una paciente le dice a Perrowne: «Quisiera ver cómo es mi cabeza por dentro», y esa parece la premisa que llevó al autor de la extraordinaria «Expiación» a escribir esta obra: ver una cabeza por dentro desde diversas perspectiva, en el fluir de la conciencia pero tambien desde la materialidad de un cerebro y sus enfermedades, fusionando lo privado con los público. McEwan muestra lo que perturba una mente por padecimientos internos o externos como «el ataque a Nueva York que precipitó una crisis mundial y, si tenemos suerte, tardará 100 años en resolverse», y que lo lleva a considerar: «¿cuál fue el recuento de muertos de Hitler, Stalin, Mao? ¿50, 100 millones? Si le describieras el infierno que se avecinaba, el buen doctor no te creería. Aquí están otra vez los totalitarios de una forma distinta, todavía dispersos y débiles pero creciendo, y furiosos y ávidos de otra matanza. Cien años para resolverlo». Máximo Soto
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