Con su estilo elegante y distendido, el sesentista Luis Fernando Benedit, que hoy integra el staff de la galería Maman, inauguró la semana pasada su primera exposición en las salas de la Avenida Libertador. A primera vista, su obra no parece haber cambiado.
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La muestra se abre con los retratos de Bonpland y Don Segundo Sombra y el artista reitera temas que desde hace años forman parte de su iconografía: el gaucho, la literatura gauchesca, el rancho, el cuchillo, los animales del campo, la osamenta y las expediciones científicas de los siglos XVIII y XIX.
Sin embargo, nada es exactamente lo mismo. Un nuevo enfoque, idealista si se quiere, le otorga a algunos de sus trabajos más logrados la condición del arquetipo. El mejor ejemplo es su «Rancho de piedra», una serie realizada en diversos tipos de granito, material que brinda a la forma elemental de la casa un peso y una densidad que coinciden con el criterio básico del rancho. Lo mismo ocurre con la mesa, que si bien reitera el minucioso trabajo de diseño con huesos encastrados que cubre su superficie, resulta un objeto sólido que poco tiene que ver con sus obras anteriores, donde el desafío un tanto frívolo consistía en aplicar al diseño fashion un material como la osamenta. Amaneramiento estilístico que el artista Alfredo Prior bautizó «gaucho look».
Hay humor y hay ironía en la exposición actual, pero más que ejercicios de destreza de un artista con suficiente talento como para permitirse esas libertades, hay una búsqueda que está centrada en el sentido de la propia obra. El rigor está presente en las cruces casi abstractas de las telas, en el cuchillo clavado sencillamente en un tronco y, también en «Consumo», paneles de huesos cuya fuerte connotación simbólica contrasta con los carteles de luz de neón (la luz de la tecnología) que reproducen las cifras anuales de la producción agropecuaria. Luego, dos casas, montadas una dentro de la otra a la manera de las cajas chinas, evocan el infinito.
En esta ocasión Benedit pareciera burlarse de la obsesión taxonómica, del afán de clasificación científica que fue hasta hace pocos años soporte intelectual de sus obras. «Trypanosoma Crusi» es el remedo del dibujo de un zoológo o un entomólogo, un registro documental de un mono, sus órganos y su hábitat. Pero en los elementos utilizados para realizar el cuadro está la clave: «Lápiz y acuarela sobre papel, aspirinas, cuero de vaca con pelo, piel de tigre y fotocopia láser sobre acetato». Un absurdo. Pero un absurdo que implica, con las aspirinas prolijamente encapsuladas en una caja de vidrio al costado del dibujo, la capacidad de reflexionar y mirar con ironía su propia obra.
Y esta es una de las virtudes de una muestra que exhibe un contenido conceptualmente sólido y un excelente nivel de calidad en lo formal, desde los huesos de vaca pulidos hasta lograr una textura de alabastro, hasta el acabado clasisismo de las formas.
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