La muestra “Obsceno” de Pablo Siquier en el Museo de Arte Contemporáneo de Buenos Aires (MACBA) exhibe una serie de pinturas con calidad museo. El curador, Rodrigo Alonso, eligió y consiguió obras que, por diversos motivos, mayormente porque partieron desde la galería a las casas de los compradores sin ningún stop, se muestran por primera vez ante el público.
Pablo Siquier, o el placer de volver al "arte por el arte"
En el Museo de Arte Contemporáneo se inauguró la muestra "Obsceno" del que muchos consideran "el pintor de de Buenos Aires". Sus obras, siempre en blanco y negro, dibujan las sombras, silencios y recodos del paisaje urbano.
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Una de las obras de Pablo Siquier que integra su actual muestra "Obsceno" en el MACBA
Para muchos amantes del arte, Siquier es el pintor de Buenos Aires. Sus inconfundibles pinturas en blanco y negro, dibujan las sombras, los silencios y los recodos de las ciudades. Sus murales porteños están emplazados en lugares tan disímiles como el Art District de Puerto Madero, la estación de subterráneos Carlos Pellegrini, el Centro Cultural San Martín, el Sanatorio Güemes o el restorán Calcio, además de numerosas casas de coleccionistas.
El título “Obsceno”, encuentra su razón de ser en el gusto del artista por mostrar sin inhibiciones la notable belleza de estas pinturas y regodearse con ella. “Frontales, directas, exhibicionistas”, las describe Rodrigo Alonso y, no oculta el placer que le depara contemplarlas. Entretanto, plantea cuestiones que inducen a pensar en la esencia, la razón de ser, de estas obras. “Potentes y silenciosas, estas formas ocupan un primer plano absoluto, suspendidas sobre un espacio limpio, ascético. A pesar de su férrea estructura interna, de su contundencia y cohesión, nos cuesta comprender su origen, propósito, lógica o funcionalidad. Uno de los ejes fundamentales del trabajo de Siquier es la visualidad misma en sus relaciones conflictivas con la representación y la mirada”.
La respuesta acaso resida en la determinación de producir un arte por el arte en sí mismo, propósito tan afín a la generación de los años 90, la del propio artista. Sin otro afán más que “la visualidad misma” que menciona el curador, las cuestiones estilísticas parecen ser la finalidad de las composiciones. En efecto, los cuadros muestran de manera dramática las tensiones que cruzan las megalópolis, las fuerzas de los enclaves urbanos que, en ocasiones, resultan incompatibles entre sí, como la agitación de las zonas vibrantes y la calma incierta y riesgosa de la periferia.
En la muestra del MACBA figuran los "rastros" de estilos que Pablo Siquier explicó con claridad: "La arquitectura siempre ejerció una fuerte influencia en mi obra, pero también el diseño, el urbanismo, el modernismo y las secuelas del modernismo. Me interesan sobre todo los repertorios formales de los estilos, ver cómo se van ensuciando y modificando con el paso del tiempo y con los desplazamientos geográficos. Como el art déco, otros estilos también se van enfermando, uno se contagia del otro".
Al promediar la década del 90, algunos críticos encontraron un parentesco cercano entre la obra de Siquier y el arte concreto argentino, portador de una firme ideología. "Las mezclas de estilo y la hibridación desactivan las ideologías", sostenía Siquier con firmeza. "Pero siempre me gustó la arquitectura persuasiva que está al servicio de la ideología, como la fascista de Albert Speer”, aclaró y, de este modo, elogió el indudable talento del arquitecto de Hitler. “Me atrae Boullée, que en el siglo XVIII diseñó grandes proyectos que no se llegaron a construir por su dimensión desmesurada. Admiro la arquitectura de Salamone, esos edificios monumentales que levantó en La Pampa", agregó.
Estas influencias acabaron por generar tensiones en sus propios diseños y exacerbar los volúmenes creados a partir de los contrastes de la luz y la sombra. Alonso advierte que, de acuerdo al volumen, las formas aparecen “destacadas” en algunos cuadros, o “sumergidas” en otros, más planas. En el texto de presentación, cita a Inés Katzenstein, cuando explica que Siquier pinta tan sólo las sombras. “Las figuras no se revelan sino a través de ese eco inmaterial de su cuerpo que es la sombra”. Luego, el curador explica una obra extraña: “Siquier la pintó cuando se propuso abandonar la simetría, intención de la que luego desistió”.
Hay cuadros con las formas caprichosas de las molduras, otro, con el brillo metálico del cobre y, finalmente, un inmenso dibujo a mano alzada en carbonilla copiado de un diseño digital, como la mayor parte de sus obras. Similar al presentado por Marcelo Pacheco en la 26 Bienal de San Pablo. "En sus cuadros había algo de pastiche, de simulacro, de maqueta; había apropiaciones, hibridaciones, citas y artificios. Todo su vocabulario se volvía confortable, tenía una razón de ser en este tiempo de las escenificaciones y las nostalgias retro", escribía entonces Pacheco.
El dibujo demuestra el pulso poderoso del artista, pero dada la volatilidad de los materiales, está destinado a desaparecer. Rodrigo Alonso reconoce en la obra de Pablo Siquier “un programa estético ejecutado de manera férrea y compulsiva” y agrega que la obsesión es “otro de los rasgos que se adjudican al autor y que pareciera calificar también su producción”. Entretanto, el dinamismo sensible de la carbonilla le sirve al artista para poner en evidencia el vértigo de la multiplicidad inagotable de líneas, una de las características que marcan su estilo.




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