4 de mayo 2020 - 00:01

La peste moderna que diezmó al mundo pero que el arte olvidó

Klimt, Schiele y Rostand fueron víctimas. Kafka, Eliot, Hammett y hasta Walt Disney, los infectados.

Pandemia 1918. Autorretrato de Edvard Munch, “Después de la cuarentena”.

Pandemia 1918. Autorretrato de Edvard Munch, “Después de la cuarentena”.

“Los hombres viven mientras la caprichosa suerte se los permite, y mueren al azar”. Quien dice esto es el detective Sam Spade en el policial de Dashiell Hammet “El halcón maltés” (1930), al referirse a la víctima de un extraño virus. Hammett sabía de qué hablaba: él mismo había sido uno de los sobrevivientes a la pandemia de hace un siglo que, hasta hace poco, ni siquiera se tenía en cuenta en la cultura occidental.

La fiebre española apareció hacia fines de la Primera Guerra Mundial y sus efectos se extendieron más allá de los locos años 20, los del Folies-Bergère, la vaca atada y el cabaret berlinés. Sin embargo, pese a la horrenda cantidad de víctimas que produjo (según cálculos optimistas 50 millones en todo el mundo, y según los pesimistas más que las dos guerras mundiales juntas), no dejó ningún legado artístico de magnitud, como si se la hubiera querido ocultar vergonzantemente bajo la alfombra de la historia.

¿Acaso un mundo en crisis, a punto de incubar en Europa el “huevo de la serpiente” nazi, suprimió de su memoria cultural un apocalipsis tan poco heroico, con millones de muertos -como decía Hammett- al azar? Existen cientos de films, novelas, cuadros, oratorios y monumentos sobre los héroes que murieron en combate o las víctimas de la barbarie, pero nadie le alzó nunca una estatua al enfermo de gripe desconocido. Ni siquiera, según la conocida interpretación de Susan Sontag, tuvo la fiebre el estatus metafórico del tísico romántico del siglo XIX, o de la “víctima moral” de la enfermedad venérea, o del cáncer o SIDA del siglo XX.

Sin embargo, entre sus bajas se cuentan figuras notorias. En 1918, el vienés Gustav Klimt, venerado pintor de “El beso”, fue una de las primeras; su discípulo Egon Schiele, que lo retrató ya enfermo, se contagió y murió a fines de ese año, dos días después de su esposa Edith Harms, también contagiada. Schiele tenía sólo 28 años.

El francés Edmond Rostand, autor del “Cyrano de Bergerac”, sucumbió a la gripe al igual que su compatriota, Guillaume Apollinaire, y éste en el frente de batalla, a dos días del armisticio. El alemán Max Weber, padre de la sociología moderna, luchó durante dos años contra la enfermedad. Murió en 1920. En cambio el noruego Edvard Munch, famoso por su cuadro “El grito”, pudo autorretratarse varias veces en cuarentena, y también al superarla y sanar.

Como en la danza macabra medieval, la peste no distinguía a nadie. Además de pobres y desprotegidos, que fueron el principal blanco, también alcanzó a reyes y mandatarios. Entre los primeros, a Alfonso XIII de España; al primer ministro inglés David Lloyd George (Boris Johnson no fue el primero), al Kaiser Guillermo II y al presidente estadounidense, Woodrow Wilson. Los tres primeros sobrevivieron, Wilson no: murió en 1924 de un infarto pero con el cuerpo debilitado por la infección. De acuerdo con crónicas de la época, mientras participaba de la redacción del Tratado de Versalles en 1919, tuvo un brusco acceso de tos, dificultades para respirar, y su fiebre superó los 39 grados. Su médico personal creyó por unos minutos que había sido envenenado. La gripe también se llevó en 1919 al expresidente de Brasil Francisco de Paula Rodrigues Alves, que aspiraba a una reelección.

Se sabe de la muerte por fiebre española de una de las hijas de Sigmund Freud, Sophie. Menos difundido fue el caso de Arthur Conan Doyle, quien también perdió un hijo durante la pandemia: hundido en la depresión, dejó de escribir para siempre las aventuras de Sherlock Holmes y se volcó a la práctica del espiritismo con el afán, dicen algunos, de entrar en contacto con él.

La periodista británica Laura Spinney, en su libro “El jinete pálido: 1918 – La epidemia que cambió el mundo” (2017), enumera los casos de otras figuras del siglo XX que enfermaron y curaron. Al músico húngaro Bela Bartok, por ejemplo, la gripe le afectó la audición al punto de que se temió que su suerte se asemejara a la de su ídolo, Beethoven: “Calmaba sus dolores con la ingesta de opio, lo que le provocaba fuertes alucinaciones”. La secuela que dejó en la pionera estadounidense de la aviación, Amelia Earhart, fue una sinusitis crónica que, según Spinney, pudo haber afectado su sentido del equilibrio y por ello provocado su muerte cuando en 1937 se extravió con su avión sobre el Pacífico.

En Hollywood, el efecto de la fiebre española fue devastador. No sólo por los casos de infectados y la suspensión de rodajes sino por torcer definitivamente la configuración de esa industria en crecimiento. Es sabido que estrellas de la época se contagiaron y curaron, como Mary Pickford y las hermanas Dorothy y Lilian Gish. El entonces adolescente Walt Disney también la padeció. Pero fue fatal para uno de los galanes de fama más efímera del cine mudo, Harold Lockwood.

Los libros y películas que desde el brote del coronavirus volvieron al primer plano internacional son fantasías, no crónicas: “La peste”, de Albert Camus, “El amor en los tiempos del cólera”, de García Márquez, en cine “Epidemia”, de Wolfgang Petersen, “Contagio”, de Steven Soderbergh.

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Gustav Klimt, autor de “El beso”, vícitima de la fiebre española.

Gustav Klimt, autor de “El beso”, vícitima de la fiebre española.

La historia de la literatura registra sólo unas pocas novelas que han incorporado a sus tramas secundarias la fiebre española. La más importante es “Pale Horse, Pale Rider” (“Caballo pálido, jinete pálido, 1939), de la estadounidense Katherine Anne Porter. El título, el mismo que parcialmente empleó Laura Spinney en su libro, refiere a uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Porter, que sobrevivió a la fiebre (“dividió en dos mi vida”, escribió años más tarde), relata la historia de dos amantes jóvenes que un día ven pasar un funeral en su pueblo. “Parece una peste”, dice Miranda, la protagonista. “Algo que viene de la Edad Media”.

Willa Cather, otra gran narradora de los EE.UU., se ocupa en “Uno de los nuestros” (“One of Ours”, 1922, con el que ganó el Pulitzer) de un soldado de Nebraska que, cuando su país entra en guerra, se enrola en el ejército para ir a Francia mientras allí estalla la epidemia. Hay otros libros, menos difundidos, como “El hijo del doctor” (“The Doctor’s Son”, 1935), en el que John O’Hara retrata a su propio padre, que atendía a moribundos.

Sin embargo, los “grandes” desdeñaron el tema, pese a que varios de ellos, integrantes de la Generación Perdida, estuvieron en Europa y se contagiaron, como F. Scott Fitzgerald o John Dos Passos. Ni siquiera Ernest Hemingway, una de cuyas novias fue enfermera en el frente italiano al fin de la guerra, donde la pandemia hacía estragos, le dedicó unas líneas al asunto. En su monumental “La montaña mágica”, escrita a lo largo de una década y aparecida en 1924, Thomas Mann aludió a la enfermedad que afecta a los residentes de un sanatorio alpino, pero lo hizo a la manera de admonición moral y política.

La fiebre golpeó fuerte a Inglaterra. Allí enfermaron el poeta T. S. Eliot y su mujer Vivien (quien jamás se recuperó del todo y sufrió pesadillas crónicas); a D. H. Lawrence le dejó secuelas en sus vías respiratorias, lo que reflejó en uno de los personajes de “El amante de Lady Chatterley”, al igual que a Virginia Woolf, quien en 1918 apuntó en su Diario: “Estamos en medio de una peste sin igual desde la Muerte Negra”. Siete años después, retrató a la protagonista de su “Mrs. Dalloway” como una sobreviviente de la gripe.

Franz Kafka, uno de los enfermos más célebres de la historia de la literatura, después de haber pasado siete meses en el sanatorio de Sirem por tuberculosis, también se contagió de gripe española en 1918 al regresar a Praga. En sus pesadillas literarias no hay más que símbolos de la enfermedad, pero no más oscuros que en las del resto de sus contemporáneos.

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