24 de febrero 2003 - 00:00

Perturba, aun con sus aires de comedia negra

Divina Gloria y Alejandra Rubio
Divina Gloria y Alejandra Rubio
«El instituto» de J. Leyes. Dir.: R. Castro. Int.: D. Gloria y A. Rubio. Vest.: P. Ramírez. Arte: F. Ostrofsky. Mús.: Ch. García. (Teatro Payró).

" El instituto"
es de esa clase de obras que aun contando con una acción dramática perturbadora y contundente ofrece una lectura de la realidad decididamente metafórica. Tal como sucedía en «Bar Ada», otra inteligente pieza de Jorge Leyes (infiltrada muy sutilmente por el conflicto de Malvinas), aquí vuelve a aparecer la relación víctima/ victimario dentro de un espacio amenazante y cargado de ambigüedad.

«Bar Ada»
transcurría en un rancho perdido del desierto patagónico, pero «El instituto» se interna en un ambiente mucho más terrible y complejo, ya que responde a una estructura organizada que puede ser leída como correccional, hospital neuropsiquiátrico o campo de detención. Para internarse en el horror, Leyes recurre al humor negro y a una trama salpicada de situaciones absurdas que alivianan la crudeza del material. Nunca se sabe a ciencia cierta qué funciones cumple esta ominosa institución. Sólo a través de ciertos comentarios que intercambia una desopilante enfermera (Divina Gloria) con su deteriorada paciente ( Alejandra Rubio) es posible imaginar las terribles experiencias que allí se viven.

La puesta de Roberto Castro subraya la notable metamorfosis que sufren sus protagonistas, en especial la paciente, quien se presenta como un amasijo de huesos y termina convertida en una especie de diva maléfica. Una vez que la mujer se recupera de los golpes recibidos y del exceso de fármacos, va recibiendo -por parte de la enfermera-una especie de entrenamiento que le permitirá adaptarse al lugar mucho mejor de lo previsto.

•Ambigüedad

El vínculo entre ambas mujeres denota una gran ambigüedad (incluso en el plano sexual). Ambas han pasado por las mismas experiencias y lograron sobrevivir al miedo y al dolor con un grado muy alto de readaptación y a riesgo de perder sus familias, su libre albedrío y también su identidad.

El director Roberto Castro creó un espacio muy sugerente, con luces y sombras que se recortan aportando misterio y siluetas que se proyectan a la manera de «Nosferatu» o de otras viejas películas del cine de terror. El juego actoral domina la escena y la dupla Divina Gloria-Alejandra Rubio funciona muy bien tanto en las escenas «cómicas» (la de la venta de cosméticos) como en las situaciones de alto riesgo (el encuentro sexual). Aún con sus aires de comedia negra, «El instituto» exige un público atento y reflexivo, dispuesto a leer lo que sucede en escena más allá de la anécdota y de la atractiva música de Charly García.

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