Que en plena bancarrota los compradores de arte desborden la capacidad de una sala de remate y hagan oír sus ofertas desde la vereda no es algo fácil de explicar; todos están de ajuste menos los compradores de arte.
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Con un entusiasmo sólo comparable al de los mejores días de la década del '90, el martes por la noche la clientela de la galería Arroyo compró 114 lotes de los 123 ofrecidos y pagó 35.000 dólares por «Codicia», un óleo de Pedro Figari que estaba estimado en 18.000. Una pintura excepcional de Rómulo Macció, «A las siete de la tarde en Highbury Place», un autorretrato de la inconfundible serie de obras envueltas en bruma que pintó en Londres al promediar los '70, tenía una base de 15.000 dólares y se vendió en 28.000. •Fenómeno
El miércoles en la casa Roldán y pese a la lluvia se reiteró el fenómeno. En la sala colmada, un retrato del «Jockey Domingo Tortorello» pintado por Antonio Alice suscitó una puja a partir de una base de 150.000 pesos que elevó el precio a 224.000. Una figura de Gómez Cornet estimada en apenas 29.000 pesos escaló a 63.000 y varias pinturas duplicaron sus bases. Luego, la venta de objetos ornamentales, como dos pedestales franceses que estaban estimados en 9.000 pesos y se vendieron en 38.000, o un par de copones que saltaron de 5.000 a 50.500, contribuyeron a crear un clima de euforia inesperada.
Ese clima se reiteró el jueves en el remate del Banco Ciudad de Buenos Aires y, de seguir así, se repetirá sin duda esta semana en la casa Saráchaga, donde la estrella es un impactante cuadro de Emilio Centurión estimado en 60.000 dólares.
Sin embargo, hasta la fecha no se batieron récords y justamente ése parece ser el secreto del éxito. Aunque los precios de venta lleguen a triplicar los de la base, el arte, «pesificado» por el rigor de la crisis sigue siendo una ganga. Es decir, el precio del autorretrato de Macció vendido en 28.000 dólares no debería bajar de 50.000 en circunstancias normales. Ejemplo válido para muchas de las obras vendidas en estos días, aunque no para todas, porque algunos en el fragor del remate terminan pagando valores que superan largamente los de las galerías.
•Perfil
El perfil del actual comprador difiere del de los años '90, es más democrático; hay gente nueva que ingresa al mercado porque se resiste a confiar en el sistema bancario y opta por colgar un cuadro en su living. Al fin y al cabo, en la Argentina como en el mundo, el arte ha resultado ser una de las mejores inversiones.
Así, los galeristas y sobre todo los anticuarios, viven una nueva época de prosperidad.
Los galeristas disfrutan del interés que suscita el arte, tanto el consagrado como el contemporáneo, tendencia internacional que llegó diez años tarde a la Argentina, pero que parece haber llegado para quedarse, pues al reacomodarse los precios sobrevive a la crisis.
Luego, los anticuarios también están de parabienes, porque compran en pesos pinturas y objetos decorativos europeos que luego venderán en dólares a los extranjeros. Como sucedió durante la hiperinflación de los '80, los comerciantes de ultramar llegan con los bolsillos cargados de dólares y con la idea de llevarse a precio vil los restos del esplendor argentino. Además, la desocupación que alcanza todos los niveles, ha creado flamantes inversores con tiempo suficiente para cotejar precios con el mercado internacional y dispuestos a comprar platería, marfiles, joyas, un buen vidrio de Lalique o lo que sea, con tal de hacer alguna diferencia.
No deja de ser una paradoja que el éxito de las subastas en el peor contexto económico de nuestra historia, y que la clientela de los remates que hace una década se restringía a una veintena de compradores fuertes, capaces de definir la suerte de una subasta, esté en plena expansión. A nadie se le escapó el martes que en la vereda de la subastadora los cartoneros hacían su labor y que a la misma hora en el Obelisco una multitud clamaba por su seguridad.
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