13 de septiembre 2007 - 00:00

Philip Marlowe está vivo, y ahora vive en Avellaneda

Ricardo Darín en «La señal», el proyecto que no pudo realizarEduardo Mignogna cuando lo sorprendió la muerte. Unejercicio de estilo sobre el film noir.
Ricardo Darín en «La señal», el proyecto que no pudo realizar Eduardo Mignogna cuando lo sorprendió la muerte. Un ejercicio de estilo sobre el film noir.
«La señal» (Argentina-España, 2007, habl. en esp.); Dir.: R. Darín, M. Hodara; Guión: E. Mignogna, R. Darín, M. Hodara, P. Vega; Int.: R. Darín, D. Peretti, J. Díaz, A. Pietra, V. Villamil, W. Santa Ana, M. Slipak, C. Bardem, L. Solanas, L. Cáceres.

Da gusto decirlo: éste es un debut realmente auspicioso de Ricardo Darín y Martín Hodara como realizadores, y de Pampa Films como nuevo sello productor. Aun más, ésta es, de lejos, la mejor película nacional en lo que va del año, y es difícil que otra pueda alcanzarla. Por supuesto que le caben algunas objeciones, sobre todo en la anteúltima parte, donde se notan algunas pequeñas arbitrariedades propias del género policial, pero el espectador las acepta, porque el clima y algunos detalles de afinación lo han ido preparando.

Se trata, por si alguien todavía no lo sabe, de una historia de detectives porteños. En verdad, unos investigadores de segunda, con oficina en Mitre 315 de Avellaneda. Infidelidades, cobranzas, refuerzo de custodias, nada grande. Hasta que llega una determinada clienta, cuya verdaderas intenciones parecen bastante indeterminables.

Lo de siempre, podría decirse, pero ambientado (impecablemente ambientado) en 1952, entre nosotros, con unos personajes, un sentido del humor, y también un sentido de la vida, reconociblemente argentinos. Y cabe agregar, casi entre paréntesis, un sentido de la amistad muy argentino, sin ostentaciones. Esto es precisamente lo que queda al final del cuento, mejor dicho, de la película, basada en la novela homónima de Eduardo Mignogna que él mismo pensaba llevar al cine.

La adaptación es muy hábil. Aprieta lo que corresponde, mantiene las mejores réplicas, agrega con naturalidad una explicación al título, apura desde el sonido las sucesivas escenas, cambia inclusive la madre de la novela por un padre, para evitar asociaciones inconvenientes (y para asociar, quizás, el oído de un bandoneonista con el de un violador de cajas fuertes), y propone un desenlace más contundente que el original, un desenlace que, por rara paradoja, se da en el lugar más luminoso de todo el relato.

Lógicamente, varias cosas quedan afuera, entre ellas la progresiva tristeza que va sufriendo mucha gente alrededor del protagonista, y que a él le es ajena, pero igual lo penetra. Parecería que en esto los noveles realizadores prefirieron caminar sobre seguro, vale decir, aplicar ciertas reglas del cinema noir, sobre el que se recuesta la obra, antes que ampliar una pintura de la sociedad, trabajo que hubiera sido imaginable solo en la mano ya experta de Mignogna, que además había vivido aquellas épocas.

Pero la película está bien como está. Muy bien actuada, además, por Darín (el socio contrera), Diego Peretti (el socio peronista que admira a los EE.UU.), Julieta Díaz, y todo un elenco exactamente elegido hasta el menor extra. Y muy bien cuidada por un equipo donde resaltan los nombres de Margarita Jusid, directora de arte, Marcelo Camorino, director de fotografía, Beatriz Di Benedetto, diseñadora de vestuario, Ponce de León, director musical, y Carrillo Penovi, montajista que de paso, como saludando al género, hace el guiño de un fade en la misma dirección de un vehículo.

Precisiones adjuntas. Eliseo Mouriño, centrohalf del mejor Banfield, fue finalmente vendidoa Boca. El arma que usa Peretti remite a las semiautomáticas Ballester Molina, con que la Argentina proveyó a Inglaterra durante la II Guerra Mundial. Y la palabra «patovica», que surge en un diálogo, surgió justo por ese entonces, asociando a los fisicoculturistas que cuidaban la puerta del Tabaris, con los patos doble pechuga marca Vica (criadero y cabaret eran del mismo dueño, don Víctor Casterán). Y un detalle, que parece hecho a propósito: justo cuando alguien dice «esto no es Chicago», vemos, al fondo, una paloma caminando tranquila por el medio de la calle (¿o la pusieron a propósito?).

También hay un par de frases propias de cinema noir: a) «Olvídese de esa mujer. Tiene mala música» (Diego Peretti desconfiando de la clienta Julieta Díaz); b) «¿Tiene las respuestas?» «No todas. De algunas cosas no tengo siquiera las preguntas», y c) Cartelito de la agencia de detectives, descripto en la novela: «Si el mundo fuera perfecto no tendríamos trabajo».

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