Philippe
Noiret
empezó
algo tarde
su carrera
en el cine,
pero llegó a
actuar en
más de 150
películas.
Su rostro alargado, de mirada algo triste, tan dispuesto a la expresión bonachona como al estallido de cólera, lo asemejaba a un Michel Simon moderno, y de alguna manera lo fue. Ayer, a los 76 años, murió en París, víctima de un cáncer, el actor Philippe Noiret, protagonista durante varias décadas de muchos de los más importantes films franceses y europeos, en cualquiera de sus géneros.
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Entre todos, el público suele recordarlo, en especial, por su composición de Alfredo, el proyectorista de «Cinema Paradiso» en 1988, y seis años más tarde como Pablo Neruda en «El cartero» («Il Postino»), de Michael Radford, donde actuó con Massimo Troisi.
Nacido el 1 de octubre de 1930 en Lille, Noiret nunca se destacó como estudiante: fue incapaz de completar el bachillerato, y decidió entonces tomar cursos de actuación. En 1953, llevado por Jean Vilar, ingresó en el Théâtre National Populaire, compañía en la que interpretó más de cuarenta papeles. Llegó a actuar en teatro como coprotagonista de Gérard Philipe, y también en el TNP conoció a la actriz Monique Chaumette, con quien se casó en 1962. Simultáneamentea su trabajo en la compañía, formó un dúo cómico de cabaret con Jean-Pierre Darras.
La cineasta Agnès Varda le dio su primer papel en el cine en la película «La Pointe courte» (1957), y sólo tres años más tarde logra más repercusión en «Zazie dans le métro» de Louis Malle. A partir de entonces, encarna una larga serie de papeles secundarios, y sólo en «La resistencia no resiste» («La vie de château» de Jean-Paul Rappeneau), en 1966, comparte el protagónico con Catherine Deneuve y su nombre se asienta.
Al año siguiente, se produce su salto a la fama popular con su papel de campesino bueno y soñador en «Buenas noches, Alejandro», de Yves Robert. Por primera vez en su carrera, Noiret ganó el suficiente dinero como para dejar el teatro y dedicarse de lleno a la actuación cinematográfica. Por entonces, a los 37 años, solía bromear: «La popularidad me llegó demasiado tarde como para pretender papeles de joven galán... aunque en verdad con mi cara tampoco hubiera podido aspirar a eso».
En los años sucesivos, fue convocado para tantas películas que prácticamente no le quedaba tiempo para descansar: «Topaz» (1969), de Alfred Hitchcock; «Para ella el mundo» («Les caprices de Marie», 1969), de Philippe de Broca; «Una francesita en apuros» («La vieille fille», 1971), de Jean-Pierre Blanc; «El atentado» («L'attentat») , de Yves Boisset; «Horas desesperadas» («L'horloger de Saint Paul», 1973), de Bertrand Tavernier, director para quien también protagonizó «Que la fiesta comience» («Que la fête commence», 1974), «El juez y el asesino» («Le juge et l'assassin», 1975) y «Más allá de la justicia» («Coup de torchon») y «La vida y nada más» («La vie et rien d'autre», 1989). Robert Enrico lo dirigió en un estupendo film junto con Romy Schneider, «El viejo fusil» («Le vieux fusil», 1976).
De su larga actuación en Italia, además de «Cinema Paradiso», dejó su fuerte marca en películas como «Amigos míos» («Amici miei», 1975), «Tres hermanos» («Tre fratelli», 1980), «El desierto de los tártaros» («Il deserto dei tartari», 1976) y, entre muchas otras. «Esperemos que sea mujer» («Speriamo que sia femmina»). Marco Ferreri lo convocó también para un film escándalo en la época, «La gran comilona» («La grande bouffe», 1973).
Dirigido por Claude Zidi, interpretó a mediados de los 80 un exitosísimo título de comedia policial, «Los repodridos» («Les ripoux»), que llegaría a tener dos secuelas. La comedia le fascinaba, y a veces no se mostraba muy exigente para aceptar algunos papeles, como en «Un taxi color malva» o «¿Quién está matando a los grandes chefs de Europa?».
En los últimos años sus apariciones comenzaron a espaciarse. En Buenos Aires, se lo vio por última vez en la melancólica «Padre e hijos», de Michel Boujenah. Su último papel fue en el policial no estrenado en el país «Edy», de Francois Berléand.
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