3 de enero 2003 - 00:00

Pintando el Abasto

En el corazón del Abasto, donde la cortada de Zelaya se cruza con las calles Anchorena y Jean Jaurés, a pocos pasos de Corrientes, una paleta de colores vibrantes está cambiando los colores opacos del barrio. El artista Marino Santa María, decidido a alterar el paisaje urbano, pinta las fachadas de los caserones grises con los tonos del arco iris.

Su impulso responde al deseo de llevar el arte a la calle, para que lo disfrute la gente. Se trata de una expresión de arte público, disciplina en la que Santa María ya tiene antecedentes. Como la intervención que realizó en el barrio de Barracas, al colorear tres cuadras de la calle Lanín, donde nació hace poco más de media centuria, o en el paredón del ferrocarril, donde instaló «Huellas de aire», una serie de cuadros que reflejan el cielo, o en la Avenida 9 de Julio, donde proyecta desplegar 500 estandartes pintados por artistas, para que flameen como banderas.

En el proyecto que lleva el nombre «La milonga del Abasto», el verdadero protagonista más allá del color y la forma, es la música. Y ya se divisan los rostros de Carlos Gardel sobre los paredones, y los primeros compases de las partituras de los tangos «Melodía de arrabal», «Volver» y «Cantor de Buenos Aires», que los ayudantes del artista, gente del barrio, pintan sobre las fachadas.

Imágenes que aspiran a resucitar la mitología porteña y evocar el sonido de voces, guitarras y bandoneones. «Cuando la obra esté concluida» cuenta Santa María « la orquesta Juan de Dios Filiberto va a tocar en la vereda, para que los vecinos y amigos vengan a cantar y a bailar unos tangos».

Si bien la obra tiene un inconfundible sabor popular, Santa María, que desde 1992 hasta 1998 fue rector de la Escuela de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón, reconoce la influencia de Andy Warhol en los retratos de Gardel y, sobre todo, de las revolucionarias teorías sobre arte público del austríaco Hundertwasser, y del conceptualista estadounidense Sol Lewitt. A su manera, oscilando entre la praxis y la teoría en una ciudad tan gris como sufrida, el artista aspira a estrechar la relación de los vecinos con el arte. El centro de operaciones de Santa María es «La rosadita» de Daniel Scioli, un Centro Comunitario donde funciona un comedor y dictan clases de computación. En esa misma esquina tanguera, el sindicato del Automóvil Club, que aspira a fundar un centro cultural, financia el proyecto, junto a la Secretaría de Turismo de la Nación. Entretanto, el artista imagina una nueva obra: pintar las persianas de los negocios de la calle Corrientes, para que cuando estén cerrados, el color ilumine las fachadas.

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