28 de diciembre 2001 - 00:00

Publican un duro retrato de los últimos años de Graham Greene

Graham Greene
Graham Greene
(28/12/01) L a mayoría de las novelas y cuentos escritos por el inglés Graham Greene (1904-1993) llegaron al cine. Entre las muy conocidas están «El tercer hombre», «El ídolo caído», «Nuestro hombre en la Habana», «El americano feo», «El poder y la gloria», «Viajando con mi tía», «Los comediantes», «El factor humano», entre otras. La idea tradicional del gran escritor inglés era la de un humanista por sus manifestaciones gregarias y de un progresista por sus actitudes políticas.
 
Esas dos imágenes han sido derrumbadas por la nueva biografía
«Greene en Capri. Memorias de una amistad» de Shirley Hazzard, que acaba de aparecer en castellano publicada por Península. Lo de «Memorias de una amistad», del título en español, parece un chiste (en inglés el título es simplemente «Greene en Capri, unas memorias») dado que presenta al escritor como misántropo, amargado, voluble, atormentado, proclive a la misoginia y extremadamente grosero. Por momentos lo que Hazzard cuenta parecen secuencias de una película basada en un relato del mismo Greene. Tambien lo remeda la trama de la polémica que sucedió luego que el libro apareció en las librerías.

Yvonne Cloetta
, amante de Greene durante sus últimos 20 años, leyó el comentario que hizo el prestigioso y mordaz escritor David Lodge en «New York Review of Books» y se lanzó a buscar el libro. Allí encontró que la novelista Shirley Hazzard recordaba cómo a fines de los años '60 conoció a Greene cuando estaba sentada en un café de Capri, en Italia, haciendo las palabras cruzadas del «Times», y escuchó que dos ingleses discutían sobre un poema de Robert Browning.

Los observó y reconoció a uno, era Graham Greene y no podía recordar el verso final de Browning. Shirley se levantó y le dijo: «La frase que usted busca es...». Así comenzó una amistad, que se cimentó cuando Shirley le presentó a su marido, Francis Steegmuller, y Greene a Cloetta.

Hasta ahí todo bien, no pasa de la típica presentación de personajes de una película con el sello Graham Greene, pero después viene lo que enfureció a Cloetta. «A Greene le encantaba destruir con sarcasmos feroces a sus amigos, buscaba humillar a las personas que lo admiraban, divertirse poniendo en evidencia la ignorancia de sus amigos, pensaba que escarnecer era la forma de dar sentido a su existencia. Era un ser magnético, atormentado y de humor cambiante».

Cloetta
comenzó acciones contra «ese librito insensible» y atacó directamente a Hazzard y su marido: «ustedes lo odiaban, lo envidiaban, y aunque no lo quieran admitir, fingían una amistad que no tenía. Apenas si mencionan que además de un gran escritor, era un hombre de una profunda grandeza, de un altruismo sin alharacas».

Postal de vejez

A pesar de esta polémica el libro es, bien o mal, un retrato de primera mano de la vejez de Greene. Allí se comenta que «Graham disfrutaba de muchos placeres y, aún, de momentos de euforia. Pero el goce era transitorio y no parecía para él una necesidad: una actitud que era parte de su temperamento pero que puede explicarse por sus antecedentes y su generación; el placer no era para él algo que podía asumir y tampoco un fin; el sufrimiento, en tanto, era una constante, casi un código de honor, la clave testimonial de una existencia creadora». También se recuerda que Greene solía contar con irrefrenable indignación lo descontento que estaba de la mayoría de adaptaciones cinematográficas que se habían hecho de sus obras. Sólo se salvaban de los cuestionamientos uno de sus títulos más clásicos, «El último hombre», que tuvo guión suyo, y la versión de «El ídolo caído».

Shirley Hazzard
comenta también, quizá demasiado al pasar, de las posiciones políticas de Greene frente a la Guerra de Vietnam, el caso Watergate o sus relaciones con Fidel Castro. Pero fundamentalmente se dedica, con exceso, al «carácter intratable» del gran escritor, quien tampoco en esto fue el primer intelectual de quien se podía decir esto, y reduce los valores y lo siempre atractivos comentarios que realiza sobre el oficio que mejor conocía, la literatura.

En su libro de memorias «Vías de escape» Graham Greene había explicado su pasión por los viaje como la forma de realizar una constante huida de sí mismo. En 1948 llegó a Anacapri, vio una vieja casa, no le importó la belleza del lugar, sólo pensó que le permitiría aislarse, estar tranquilo y planear algunos de sus enigmas narrativos. La compró por lo que consideró un precio muy razonable. No era ni mucho menos el primer escritor inglés que se establecía allí, era fácil recordar a D.H. Lawrence o a Norman Douglas, que se habían inspirado en la isla para más de un texto. Fue en esa casa que Greene gustó las largas charlas con sus colegas italianos Alberto Moravia y su mujer Elsa Morante, lo que en todo caso señala que también sabía elegir y cultivar buenos amigos.

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