12 de abril 2007 - 00:00

Ranvaud, productor múltiple: de Mongolia a Latinoamérica

Donald Ranvaud, productor de «Estación central» y «Adiós,mi concubina», entre otros títulos del cine de los 90.
Donald Ranvaud, productor de «Estación central» y «Adiós, mi concubina», entre otros títulos del cine de los 90.
Los productores son seres extraños. Un ejemplo, el inglés Donald Ranvaud («Ciudad de Dios»), que saltó desde su oficina en Bélgica hasta el desierto de Gobi en Mongolia, luego a Rio de Janeiro, donde fuera concebido, y ahora anda por media Sudamérica. Primero estuvo en Mar del Plata, donde presentó la gran sorpresa del festival, la muy divertida y ágil comedia boliviana «¿Quién mató a la llamita blanca?», de Rodrigo Belloty más tarde se dio una vuelta por Buenos Aires. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Será que ahora se pasa a la comedia?

Donald Ranvaud: Bueno, ésta fue tan exitosa que con solo el mercado interno ya tuvimos ganancias, y ahora es la más pirateada del país. Pero también traje el documental «Coca lives», con distintas miradas sobre ese cultivo. ¿Sabía que 300 kilos de hojas, vendidos para té y coqueo en Salta y Jujuy, rinden más que un kilo de pasta?

P.: Mejor, menta con peperina. ¿Cómo empezó su carrera?

D.R.: Como docente universitario de literatura comparada, colaborador de «The Guardian», director de la revista «Framework» y de varios documentales televisivos, y ocasional asistente del argentino Edgardo Cozarinsky. Un día entré en un proyecto para coproducciones de la Comunidad Europea (el European Script Fund, con sede en Bruselas), leí miles de guiones, me empapé en los varios modos de facilitarle las cosas a la gente (Atom Egoyan, por ejemplo), y cuando llegó la política, me fui.

P.: ¿Qué significa «llegó la política»?

D.R.: Llegaron las presiones para imponer proyectos por cuotas (tantos por país, etc.), y no por talento, un ministro de agricultura exigía respaldo para un proyecto que ni siquiera había enviado a consideración, etc. Nuestro director, Richard Attenborough («Gandhi») nos protegió lo que pudo, pero nos vimos superados. Entonces me mandé mudar lo más lejos posible, a la China.

P.: Es un decir.

D.R.:
No, me fui literalmentea la China. Un amigo, Chen Kaige, refugiado en Nueva York, quería hacer un film sobre dos músicos ciegos perdidos en el desierto de Gobi. ¡Era lo más loco y anticomercial que había escuchado! Para que lo dejaran volver, debió hacerse una autocrítica pública. Ahí lo autorizaron, y pude conseguirle inversores de varios países. Así hicimos «La vida en un hilo» y «Adiós, mi concubina», que todavía causa escozor en algunas dependencias oficiales. Por suerte los negativos están en Alemania. Fue una época interesante, que viví con mucha intensidad, porque además coincidió con la caída del Muro. La gente quería abrirse, y yo colaboré también un poco, llevando a Laurie Anderson a dar recitales. Hasta ahí pude hacer, y luego me volví a mis orígenes, al Brasil.

P.: Perdón, ¿usted no es inglés?

D.R.: Si, pero después de la guerra mis padres fueron a Rio de Janeiro, donde un amigo tenía una fábrica, pero resultó que el hombre se la había bebido toda. Ellos debieron empezar de cero, igual que si se hubieran quedado en Europa. Al fin se volvieron, pero yo fui concebido en Rio. Es notable, apenas llegué comencé a hablar portugués, como si lo tuviera incorporado desde el vientre de mi madre.

P.: Dicen que suele ocurrir.

D.R.:
También apenas llegué el entonces presidente Collor de Melo destrozó la industria brasileña del cine. Eso me pareció un lindo desafío. Empezamos con películas chiquitas, y fuimos creciendo, con «Tieta de Agreste», «Estación Central», «Ciudad de Dios», «A la izquierda del padre», etc., varios de ellos con participación de la Sony, a la que logré interesar gracias a la actual Ley de Cine. Así entraron los capitales norteamericanos, pero siempre bajo control de los sucesivos gobiernos brasileros. Ahí está el caso de los completion bones.

P.: ¿Cómo es eso?

D.R.:
Un concepto de las aseguradoras, específico para el cine, entendiendo cosas ajenas a la lógica habitual de los seguros (si el actor enloquece, cuestiones de ego, etc.). En Europa piden un 3% del presupuesto estimado, y después, normalmente, devuelven la mitad. Pero las aseguradoras norteamericanas a que recurría la Sony pedían el 10% y no querían devolver nada. El entonces presidente Cardozo los declaró manejos ilegales, medidas inflacionarias tomadas fuera del país, etc. Eso alentó la producción. La ley brasileñaa es muy buena, aunque en algunos aspectos el sistema del Incaa me parece mejor, por ejemplo cuando entra a participar recién con la película en instancia final. Y la vitalidad del cine argentino me parece impresionante.

P.: ¿Es tan así?

D.R.:
Ah, ustedes no se dan cuenta. Cuando fui jurado del festival marplatense, todos los miembros coincidimos en que la mejor, y más original, era «Buena Vida Delivery». Bien que me hubiera gustado producirla.Hice otras, claro, como «Familia rodante», que me dejaron conforme.

P.: Usted produjo dos grandes títulos brasileños.

D.R.: «Estación Central», de Walter Salles, fue una de las mejores experiencias de mi vida. La hicimos entre todos, sin pensar en la plata. Al comienzo apenas teníamos unas pocas pre-ventas, y encima los franceses nos jugaron una avivada. Pero después fue algo mágico, se vendió y fue éxito en todo el mundo, siendo que en ese momento ni siquiera en Brasil había mercado para el cine brasileño. ¿Ve? Eso me gusta. En estos países las películas se hacen por pura determinación.Por ejemplo, «Ciudadde Dios», de Fernando Meirelles, fue un acto de fe. Me pasé años buscando plata, y todos los financistas me decían «hay muchos personajes, todos negros, niños pobres, a quién le importa». Seguimos igual, con hipotecas personales. Al final conseguí que Canal Plus pusiera 50%, para terminarla, y fue un éxito. Hasta llegó a tener 5 candidaturas al Oscar, incluyendo mejor película y director. También la Miramax se sumó a la etapa final. Y ahí le hice poner tres veces más de lo que le había pedido la primera vez. Después, con Meirelles, nos propusieron hacer «El jardinero fiel», mayormente filmada en Kenya y Sudán, y como logramos hacerla por menos del presupuesto estimado, impusimos que la diferencia fuera aplicada en la creación de una escuela de artes y oficios para los chicos de esos dos países. La escuela ya está funcionando, igual que unos talleres de video surgidos en las favelas donde filmamos «Ciudad de Dios». Esos son grandes placeres que me da la vida.

P.: ¿Y ahora?

D.R.:
Adoro Brasil, donde la gente siempre procura ver la parte llena del vaso, pero en toda Latinoamérica hay talento, y gente con esa misma actitud. En esta etapa, entre otras cosas, soy director creativo de Buena Onda Films, una empresa con varias películas ya terminadas, o por terminar, en la Argentina, Bolivia (donde participa una escuela de cine llamada La Fábrica), Brasil, México, Puerto Rico, y hasta el Reino Unido. Y con varios socios y amigos, incluyendo, lógicamente, una agencia de ventas internacionales.

P.: Francamente, su vida es casi como para una película.

D.R.: Ah, están haciendo una. Yo no les creía, pero ya está casi terminada y piensan llevarla a Cannes.

Entrevista de Paraná Sendrós

Dejá tu comentario

Te puede interesar