Su asombrosa riqueza visual es el punto más fuerte de «Robots», un film recomendable para chicos y también para grandes, pese a que no aprovecha del todo la originalidad de su argumento.
S/R. «Robots» (Idem, EE.UU., 2005, habl. en inglés o dobl. al español). Dir.: Ch. Wedge, C. Saldanha. Animación.
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Igual que todo objeto de plástico, bestia jurásica, insecto, o pececito de colores, un robot es uno de esos personajes ideales para ser animados por vía digital. El problema es cómo darle carnadura a esas frías armaduras de metal más adecuadas para el villano de la película de terror que para héroe de superproducción para toda la familia. Los productores y toda la fuerza creativa detrás del superhit «La era del Hielo» hicieron todo lo posible por aprovecharse de la facilidad de animar seres de hojalata sin ser aniquilados por el síndrome de Terminator.
Justamente esta fue la fisonomía que aprovecharon para separar al villano yuppie y nene de mamá de la rara mezcla de tostadoras, lavaplatos y cafeteras metaleras, que aunque sea por formar parte del arsenal de electrodomésticos fácilmente reconocibles por el público, son los encargados de humanizar a los robots más simpáticos que encabezan una rebelión contra una corporación que todo lo domina, y que de un día para el otro decide aumentar sus ganancias a costa del robot de clase media-baja.
El guión es original, pero no logra describir con el mínimo nivel de rigor argumental los resortes y palancas que mueven a este mundo robótico. Lo mismo le pasaba a películas mucho menos jugadas en lo visual, así que no se puede culpar a los realizadores de un film visualmente mucho más rico que todas las últimas producciones de animación digital. Y que, a sabiendas de sus puntos débiles en los aspectos humanos de sus personajes, los dotó de las voces de uno de los más sorprendentes elencos para un producto de este tipo (esto en la versión original en inglés, por supuesto, ya que también se ofrece doblada al español). Basta lo que hace Mel Brooks con los diálogos del líder robot adormecido en sus laureles -y despertado por un novato que creyó el «robot way of life» que vio por TV- para valorar una película que, por fin, logra aportar algo a este tipo de cine high-tech.
Este formato aún desconocido entre nosotros, sin duda potencia al máximo los grandes planos generales que el film utiliza para mostrar las ciudades robots, sin inventar nada, salvo seguir el ejemplo de viejos clásicos como «Metropolis» de Fritz Lang o «Lo que Vendrá» de William Cameron Menzies.
Las dos objeciones que no impiden recomendar «Robots» son para la banda sonora de John Powell, por un lado, y por otro, es una lástima que la crítica a la sociedad de consumo no esté redondeada por una mejor descripción de este mundo imaginario que intenta, sin lograrlo, esconder toda idea seria que inevitablemente surge de una historia de una sociedad mecanizada.
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