11 de diciembre 2008 - 00:00
“RocknRolla” devuelve al mejor Guy Ritchie
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Tom Wilkinson (der.) es el desalmado alrededor del cual Guy Ritchie construye el retrato del hampa inglesa con el que recupera el nivel de films como «Cerdos y diamantes».
El asunto son negocios inmobiliarios y sobornos para habilitaciones municipales, que maneja a la perfección un viejo y desagradable gángster londinense que se ha mantenido lo bastante a flote en lo suyo como para darse un aire de respetabilidad que le permita un contacto fluido con concejales y otras personas del gobierno. Todo gira en torno del desalmado personaje que compone brillantemente Tom Wilkinson, algo lógico teniendo en cuenta que este hombre asegura ser algo así como el dueño de Londres. Lo que no implica que no se ponga a temblar como una hoja cuando empieza a hacer negociaciones para que un millonario ruso pueda construir un estadio deportivo en un sitio donde, según las normas municipales, eso está terminantemente prohibido.
El tipo de negocios y personajes que presenta Ritchie permite que estas historias del hampa moderna parezcan surgidas del mundo real, o al menos sean plausibles en él, a pesar de que incluya excentricidades como torturas con cangrejos hambrientos o gángsters que mueven fortunas sin seguridad especial, justo para ser emboscados por los hombres de su contadora de confianza, la peligrosa y bellísima Thandie Newton.
El rock está en la banda sonora con grupos como The Sonios y The Pretty Things, comentando cada episodio de esta trama llena de giros sorpresivos y casualidades y coincidencias que salvan o condenan por turno a distintos personajes según los caprichos del director. Pero eso de RocknRolla es una metáfora de los peligros de la vida en el límite expresados a la perfección por el cantante de rock e hijastro del hampón protagónico: «Las letras doradas y aristocráticas del paquete te invitan a una vida de lujo, mientras el otro lado de la marquilla dice la verdad, que el cigarrillo puede matarte. Dame fuego, por favor».
Justamente este extraño personaje rockero, interpretado de manera aún más extraña por Toby Kebbell, es un comodín que, junto a un misterioso cuadro perdido que el espectador nunca ve, funcionan como factores de equilibrio entre el vértigo de tantos negocios peligrosos jugados a la vez en todos los círculos concéntricos de este complicado y fascinante guión en el que es imposible adelantarse de un segundo a otro.
Sin ser un film de acción, tiene al menos una secuencia memorable de un asalto con una persecución que no parece terminar jamás. Y sin ser un drama, presenta algunos aspectos sumamente oscuros de la naturaleza humana que sólo se soportan sin angustiarse seriamente gracias a la batería de chistes típicamente ingleses y al slogan ese de que sólo se trata de una fábula de sexo, drogas y RocknRolla.


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