Muralismo: el único arte donde actúan pintores y abogados

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Roma intenta impedir que se venda hoy la Villa Ludovisi, donde Caravaggio pintó un techo. El caso recuerda el del mural de David Alfaro Siqueiros en Buenos Aires.

Ni Caravaggio, cuando en 1597 pintó en un techo de la Villa romana Ludovisi el mural “Júpiter, Neptuno y Plutón” a pedido del cardenal Francesco Maria del Monte para el techo de su laboratorio, ni el mexicano David Alfaro Siqueiros, cuando en 1933 realizó el mural “Ejercicio Plástico” sobre una de las paredes de la quinta Los Granados del magnate de la prensa argentina, Natalio Botana, creador del diario “Crítica”, podrían haber imaginado los dolores de cabeza y conflictos legales que sus artes despertarían con los años.

Un mural no es arte “mueble”, que se pueda subastar sin dificultades en alguna casa especializada, pero tampoco es inmueble, porque las prácticas de extracción de esas obras, a veces más complicadas que la extracción de la piedra de la locura del Bosco y Pizarnik, suelen dejar no sólo cascotes sino también fragmentos irreparables como resultado.

Hoy se subastará en Roma la Villa en cuestión, una casa campestre situada a pocos pasos de la Via Veneto de Marcello, Federico y los paparazzi, al igual que de la Villa Borghese (donde se celebra el festival de cine), es decir, en el barrio más rico de la capital italiana: son 2.800 metros cuadrados divididos en seis plantas y un jardín al que, sin duda, le habría cantado Ottorino Respighi.

La base judicial es de 471 millones de euros (cerca de 540 millones de dólares), pero con un problema insoluble: allí dentro, intacto (a diferencia del Siqueiros), está el Caravaggio. ¿Cuánto cuesta por sí solo si el futuro dueño se decide a “extraerlo” y venderlo por separado? El conflicto es tal que, desde que se anunció la subasta, en Roma existen movimientos masivos de todo tipo, cartas, reclamos, campañas den change.org, para que el Estado italiano se haga cargo de un bien cultural, en especial por tratarse del único mural que (al menos, por lo que se sabe hasta hoy, porque fue descubierto tan tardíamente como en 1969) pintó Caravaggio. La obra no es de corte religioso sino un tributo a la alquimia: Júpiter representa el aire y el azufre; Neptuno el agua y el mercurio, y Plutón tierra y la sal. Según se informó, Caravaggio usó óleo sobre estuco, una técnica que se deteriora fácilmente, como en “La última cena” de Leonardo, pero el mural se conserva en buen estado.

Lo que ignoran todos estos indignados reclamos es que el Gobierno italiano está inhibido de adquirirlo por dos razones: una legal, y otra de sentido común. La legal impide al Estado ser el primer oferente de una obra de estas características antes de que lo haga un privado. Esto es , después de esa primera oferta puede igualarla o superarla (en un millón de euros siempre). Pero, como dijo un funcionario, “471 millones es la cuarta parte del presupuesto anual de cultura. Un disparate”.

La de sentido común es imaginable: en Italia, no sólo en Roma, mañana demuelen una casita en Bergamo para levantar un inmueble y aparece un Michelangelo. ¿También se hará cargo el Estado? Italia es aún un cementerio de obras de arte clásicas: ya lo mostró hace años Federico Fellini en “Fellini-Roma”, la red de subterráneos en esa ciudad es una de las más pequeñas de Europa porque, mientras se construían los túneles, no dejaban de aparecer estatuas y restos de templos del período clásico.

La historia de los herederos de la Villa Aurora, tal como se denomina popularmente a la Villa Ludovisi, podría dar lugar a una novela de Manuel Mujica Lainez por la cantidad de príncipes, duques, personajes de la nobleza y hasta un Papa, Gregorio XV. El último propietario fue el príncipe Nicolo Boncompagni Ludovisi La subasta fue decidida por un tribunal de Roma para poner fin a las disputas entre los herederos del príncipe Niccolo, quien falleció en 2018 a los 77 años, y que estaba casado con la actriz de Texas Rita Jenrette, también periodista de televisión y broker inmobiliaria. Pero a la muerte del príncipe el conflicto entre el resto de los herederos fue tal que intervino la Justicia romana para poner fin a las peleas.

El caso argentino, más allá de que el linaje de los legatarios no es el mismo, es distinto. La quinta Los Granados, tras la muerte de Botana, pasó por varias manos, y no siempre con las condiciones de cuidado necesarias. Inclusive, los “okupas” llegaron a morar allí durante un tiempo, junto al “Ejercicio Plástico” de Siqueiros. El último dueño, el coleccionista de autos antiguos Héctor Mendizábal, de la firma Dencanor, se propuso restaurarla y también extraer el mural: lo hizo de manera responsable, recurriendo a expertos mexicanos que ya tenían práctica en la materia cuando salvaguardaban murales de terremotos.

El trabajo se hizo bien, la intención era llevar ese mural por el mundo, pero un conflicto agrio entre Mendizábal y sus socios provocó que nada se hiciera. Peor aún: que los fragmentos quedaran atrapados en una playa de San Justo, dentro de contenedores y echándose perder. La investigación de este caso estuvo a cargo de la periodista de este diario, Ana Martínez Quijano, luego autora del libro “El Mural”, que también inspiró la película homónima de Héctor Olivera. El juez Juan Manuel Gutiérrez Cabello abrió los contenedores, observó los daños, y ese fue el primer paso para que ambas cámaras del Congreso decidieran en 2009 la expropiación, que llevó a cabo poco después el Gobierno por un valor cercano a los u$s3 millones. En los trabajos de restauración colaboró el magnate mexicano Carlos Slim.

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