"Rose": gran trabajo de Beatriz Spelzini

Espectáculos

«Rose» de M. Sherman. Dir.: A. Alezzo. Int.: B. Spelzini. Esc. y Vest.: M. Albertinazzi. (Maipo Club.)

A los ochenta años Rose se dispone a rememorar la inacabable sucesión de pérdidas, exilios e incidentes de dimensiones épicas que marcaron su vida, sin que la tristeza logre empañar un relato en el que siempre hay lugar para el humor, la reflexión y el suspenso.

Tal vez lo más llamativo de este one-woman play de Martin Sherman («Bent»), estrenado en 1999 con el protagónico de Olympia Dukakis, sea la humanidad y cercanía física que le brinda, en este caso, Beatriz Spelzini, varias décadas más joven que su personaje. La actriz encarna sin fisuras a una anciana muy vital, nacida en Ucrania y de origen judío, que luego de sobrevivir a los pogroms cosacos y a la persecución nazi termina regenteando un hotel en Miami. Su «autobiografía» puede llegar a conmover hasta las lágrimas; pero no tanto por lo que cuenta sino cómo lo cuenta: con piedad, entereza, sentido común.

A la vez se disfruta su esmerada valoración de las imágenes sensoriales (en algunos momentos parece estar contando una película) y su afán de rescatar la espiritualidad presente en ciertos hechos que alguien menos sensible pasaría por alto.

Spelzini habla como una inmigrante rusa, canta en yiddish, ironiza sobre las bondades del judaísmo («un pueblo de gente quejosa, de discusiones agitadas, de mentes en torbellino» cuyo gran aporte a la humanidad «es hacer preguntas que no pueden responderse») y entretanto come helado como si estuviera entre amigos. En realidad, está en pleno shivah, ritual de duelo por la muerte de un ser querido en el que las visitas acompañan a los deudos recordando anécdotas del muerto.

Rose reabre sus heridas, pero también ríe evocando a su padre (siempre apoltronado en la cama) o se enciende de lujuria al recordar las hazañas sexuales de su primer marido.

Bajo la guía de Agustín Alezzo, un director que trabaja para el lucimiento de sus actores y los ayuda a encarar caracterizaciones muy complejas sin alardes técnicos (Julio Chávez en «Yo soy mi propia mujer»; Norma Aleandro en «Master class»), Spelzini se entrega como una médium a los vaivenes y peripeciasde su personaje prescindiendo de todo artificio o truco de maquillaje. A cara limpia nomás se deja poseer por las historias que ella misma narra y con un registro de emociones tan amplio que uno se olvida de que está actuando.

Esta anciana verborrágica, idealista y -por sobre todo enemiga de todo acto de violenciasedirige a su público con la misma intimidad y picardía con que podría hacerlo (salvando las distancias) China Zorrilla. Si bien el background de Rose es muy diferente al de la actriz uruguaya, lo cierto es que ambas son expertas en transformar cualquier anécdota personal en una «lección de vida» (o en todo caso, en un relato apasionante).

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