El doctor Alex Cross, experto en secuestros y análisis de mentes patológicas, debe enfrentarse a un caso sumamente tonto. Eso es lo que el espectador descubre dos horas después de seguir la trama de este thriller clase A con guión de policial realizado para cable. El trabajo de un buen director como Lee Tamahori consistió básicamente en darle interés a cada escena para lograr que el asunto se sostenga el mayor tiempo posible, algo que logró sólo en forma parcial.
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Morgan Freeman es un sólido intérprete que repite su personaje de la superior «Kiss the Girls». Uno de los problemas de esta secuela es que hay varias escenas lentas, obvias, que incluyen diálogos muy poco atractivos pronunciados con una seriedad inmerecida. Pero, por lo menos hay varias secuencias de acción filmadas con dureza y dinamismo, especialmente fuertes porque se relacionan con todo tipo de crueldades hacia una niña, la hija de un senador secuestrada con fines inconfesables por un criminal demente que quiere ser inmortalizado en algún nuevo libro del renombrado doctor Cross.
El mayor crimen es el desperdicio de talento. Michael Moriarty es uno de los actores más talentosos del Hollywood de las últimas tres décadas, y lamentablemente también uno de los más desaprovechados. Aquí encarna al padre de la nena secuestrada, aunque lamentablemente el argumento no destinó ni una escena para su lucimiento, algo que también se repite con su esposa en la ficción, Penelope Anne Miller. Las vueltas de tuerca del guión sirven para llevar adelante la historia, y a lo largo de esta telaraña llena de hilos flojos Tamahori (el neocelandés de «El amor y la furia» y la más interesante, pero menos prestigiosa «Abuso de poder») teje un par de momentos de buen suspenso. El desenlace risible, y el hecho de que la nenita siempre sea más inteligente que sus captores no ayudan a que el espectador pueda salir demasiado satisfecho del cine. Como contrapartida, la música de Jerry Goldsmith es tan intensa y eficaz como todos sus trabajos (entre ellos «Alien» y «La Profecía»).
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