Hoy se cumplen 40 años de la muerte de Marilyn Monroe y a lo largo del mundo, decenas de criaturas bien formadas harán las poses consabidas, centenas de vendedores insistirán con souvenirs o inventos amarillistas, miles de espectadores de mediana o mayor edad tendrán, en algún momento del día, una sonrisa triste, y cuatro o cinco personas llevarán, realmente de corazón, una flor al pie de su sencillo nicho. Habrá, pues, quienes solo invoquen al símbolo sexual, y quienes evoquen al ser humano, tardíamente descubierto tras el símbolo.
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Entre los recuerdos, sobresale un reportaje que, por ser el último, y ser realmente bueno, es casi un testamento (como lo son las etéreas fotos que le tomó Douglas Kirkland apenas nueve meses antes de su muerte y el artista recién accedió a mostrar el año pasado). Sobresalen, también, el testimonio del propio reportero, y las reflexiones que poco después ublicaron el mexicano Manuel Durán y la norteamericana Clare Boothe Luce, cada uno por su lado. El primero, en su ensayo de 1965 «Vida y muerte de un mito», mostró de qué manera ella fue la potenciada síntesis de varios, a saber, el del Patito Feo (una niña adoptiva, despreciada hasta que entró en la pubertad) la Cenicienta (convertida en princesa, y hasta en reina, para envidia de sus hermanastras), la Galatea (que publicistas, creativos, y maridos intentaron transformar y refinar, cada uno a su modo, sin entender del todo lo que ella misma quería ser), el mito de Diosa del Amor (que brindó de una manera concienzudamente juguetona, pero que también la agotó, como la agotaron los desprecios, prejuicios, y manoseos de la época), y el mito de Peter Pan con faldas (porque en ciertos aspectos se negó a madurar, y en eso estaba su atractivo, pero también su autodestrucción).
«El mito nos presentaba a una mujer hermosa, sonriente, feliz, capaz de dar la felicidad a los hombres. La realidad nos ofrecía una actriz insegura, profundamente desgraciada, que hallaba refugio en los calmantes y el alcohol, que hizo desgraciados a los tres hombres que se casaron con ella, y que se transformó en opresora de sus compañeros de trabajo. Y evidentemente su conducta inspira piedad, no censura. M.M. jugó las cartas que le dio el destino -su belleza, su talento, su tenacidad-, pero contra adversarios tan poderosos, y tan hondamente arraigados en su propio ser -los demonios en el cuerpo de su inseguridad, su infancia falta de cariño, su miedo a la soledad, a la traición, a la vejezque jugaba con cartas marcadas y tenía que perder. Mientras el juego duro, nos dio algunas de las imágenes más hermosas de la historia del cine (...) Como no agradecerle?»
Por su parte, en 1964 Clare Boothe Luce dedicó todo un artículo, «Lo que en verdad mató a Marilyn», a defender la industria hollywoodense, que «le proporcionó fama, dinero y adulación, dos maridos respetados y famosos, y la ayuda por muy tarde que la solicitara ella-, de psiquiatras competentes. A no ser por todo eso, Marilyn tal vez hubiera buscado la muerte diez años antes, en vez de esperar hasta ya bien entrada en la treintena».
Para la escritora, la causa del crimen surgía del espejo. «La adolescente, y particularmente la norteamericana, suele sostener intensas, largas, y secretas entrevistas con el espejo (...) con demasiada frecuencia sigue creyendo -aun después del matrimonio y la maternidad-que ella no es más que lo que se ve en el espejo». El narcisismo, la inseguridad emocional, tenían en este caso un origen irremediable. «Si los niños carecen del más grande regalo que se puede recibir al nacer -un hogar felizles será completamente imposible, ya adultos, hacer frente a esos dos impostores, la gloria y la derrota. La Cenicienta vive feliz para siempre sólo en el cuento de hadas. En la vida real, no importa cuánta ropa se ponga, o se quite, su corazón sigue resentido, y su espíritu empañado, por las cenizas que tuvo que barrer en la niñez».
Palabras serias, palabras ciertas, si bien contrastan un poco con los animosos recuerdos de la propia Marilyn ante el periodista Richard Meryman, publicados en «Life» del 3 de setiembre de 1962. «Cuando cumplí once años, el mundo que siempre había estado cerrado para mí se me abrió de repente. Los hombres tocaban la bocina del auto al verme, los obreros que iban al trabajo me saludaban, y yo les contestaba alegremente. El mundo se volvió amistoso.
Todos los repartidores se daban una vuelta por donde yo vivía, y yo solía estar encaramada a la rama de un árbol, con una especie de camiseta (...). Pero todos iban a verme en bicicleta, me daban los diarios gratis, y la familia encantada. Me sentía un poco tímida para bajar. Pero bajaba a la acera, daba pataditas a las hijas, charlaba, y, sobre todo, escuchaba».
Recuerdos animosos, claro, aunque parciales. Es fuerte, cuando en ese mismo reportaje cuenta cómo cada día la saludan los recolectores de basura, los obreros, los adolescentes («siento que les alegré el día»), y se detiene luego en la experiencia de una vez, cuando quiso comprar una casa. «El dueño me recibió con mucha amabilidad. Y muy alegre agregó 'Un momento, quiero presentarle a mi esposa'. Y bien, ella apareció y sin más ni más me dijo 'Haga el favor de retirarse de mi propiedad'. Siempre tropezamos con el subconsciente de los otros.»
•Orgullo
Alternando anécdotas simpáticas con quejas contra sus colegas y directivos, Marilyn afirmó ante el periodista su orgullo por haber respaldado a Arthur Miller ante el Congreso, en tiempos del macarthismo. «Cierto director ejecutivo dijo que Miller debía dar ciertos nombres, y que yo debía tratar que lo hiciera, si no estaría acabada. Y conteste 'Estoy orgullosa de la posición de mi marido, y lo apoyo en todo'. Y lo mismo hizo la Corte. 'Está acabada', me dijeron.'Nadie volverá a oír hablar de usted'(...). La fama pasará», terminaba la estrella, «y adiós, fama, fue un gusto conocerte. No le doy importancia».
La nota, enteramente escrita en primera persona, tal como «Life» acostumbraba en ese tiempo, le llevó al periodista dos charlas previas, para entrar en confianza, y seis horas largas, que al parecer no se le hicieron tan largas.
En el siguiente numero de la revista, Meryman confesaba «Si Marilyn Monroe estaba contenta de verlo a uno, su 'hello' era algo que se recordaría toda la vida. El énfasis cálido y expectante en el 'lo', los profundos ojos vueltos hacia uno, el rostro radiante con una maravillosa sonrisa de niña. Experimenté esto por primera vez, hace varias semanas, cuando fui un atardecer a su casa de Brentwood, en California, a empezar una serie de charlas sobre la fama (...) Daba a su voz inflexiones sorprendentes, preñadas de emoción, que acompañaba con exuberantes gestos. Su rostro reflejoósucesivamente ira, ansiedad, petulancia, ternura, pesar, agudo humorismo y profunda tristeza. Y cada idea terminaba en general con un giro imprevisto, mientras su risa se agudizaba hasta quedar en pequeño chillido de gozo (...) Pero yo tenía la impresión, persistente e inquietante, de que mi posición ante ella era precaria, de que al más mínimo descuido de mi parte, decidiría que yo -como muchos otros que, según su sentir, la habian desilusionado-tampoco la comprendía».
Para resguardarse, ella le pidió una copia del artículo que el periodista pensaba publicar. Días mas tarde, se lo devolvió, con una pequeña sugerencia. «Me pidió que quitara una referencia a una donación que había hecho. Y luego nos despedimos. Cuando ya salía, ella me llamó de pronto para decirme 'Oiga, gracias'. Me volví para mirarla y la vi de pie, muy quieta y extrañamente solitaria...»
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