27 de diciembre 2001 - 00:00
Se cumplen hoy cien años del nacimiento de Marlene
Hoy se cumple un siglo del nacimiento de Marlene Dietrich en Berlín, la ciudad con la que mantuvo una relación tormentosa hasta que este centenario dio pie a la reconciliación definitiva mediante una serie de celebraciones y homenajes. Fuerte y decidida en el aspecto profesional, prototipo de mujer inalcanzable, de sexualidad ambigua, Marlene vivió rodeada de leyendas que ella misma alimentó, sobre todo después de su consagración hollywoodense. Muerta en 1992, el mito no decae al contrario, hasta ayer todavía se especulaba con las verdaderas causas de su muerte.
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Marlene Dietrich y John Wayne
«Yo soy Marlene», sintetizaba el hombre, parafraseando aquello de Flaubert, «Madame Bovary soy yo». Más cerca nuestro, Heitor Villa-Lobos decía «El folklore soy yo», pero, por cierto, la de Dietrich corresponde a otra clase de folklore, con leyendas y tradiciones algo más glamorosas -y más escabrosas.
Sorpresa: de pronto la joven actriz libre y mundana se casa con Rudolf Sieber, en ese momento asistente de dirección, tiene una hija, María, y se dedica al hogar. No tanta sorpresa: igual de pronto, vuelve a las andadas, y no para hasta llegar a vieja. Mercedes d'Acosta, Jean Gabin, y el general James Gavin, serán sus principales conquistas ( Burth Bacharach, la última). El matrimonio se mantiene sólo nominalmente, apenas convertido en amistad. Pero la hija, nacida en diciembre de 1924, es por mucho tiempo el amor más preciado de la estrella. Bueno, eso es lo que la propia Marlene dice a los cuatro vientos, aunque más tarde la hija la describa en sus memorias como una madre alcohólica y abandónica. «Recuerdo que solía llorar por las noches. Recuerdo una vaharada de perfume, y mi madre, envuelta en pieles, de pie en mi habitación, tan hermosa. Sentía celos cuando ella se marchaba. Sabía que quería ver a otra persona en vez de a mí... Ella me arropaba, me besaba, rápido, rápido... No me dejaba sola, pero yo sabía que los criados y los guardianes no me querían, eran sólo gente contratada para cuidarme. Nunca dije a mi madre que no era feliz». En fin, todos los hijos de estrellas dicen lo mismo.
Lo que queda sin embargo, de esa época, es la primera declaración de la actriz a la prensa norteamericana. La Paramount la vendía como sensual y misteriosa, y apenas llega, todavía medio gordita, lo primero que dice, toda orgullosa, es que es casada y tiene una hija. Peor, su principal tema de conversación es la hija, que ya va a venir de Alemania. Queda, también, una instantánea tomada por el rey de los fotorreporteros Erich Solomon, donde Marlene, vestida para salir, está tendida en la cama, hablando por teléfono, con el rostro resplandeciente de dulzura. Según el epígrafe, está hablando con su hija. No vale la pena discutir ese epígrafe. A fin de cuentas, ya desde aquel entonces la Dietrich es un mito. O varios, según cada época, incluyendo el de la actriz mejor pagada del mundo en los '30, la activa militante antinazi de los '40, el modelo feminista de los '70 -aunque ella detestaba a las feministas-, el ícono gay de los '90, y, siempre, la mujer autosuficiente (tanto, que según dijo apenas ayer una amiga de la vejez, prefirió matarse con barbitúricos, antes que empezar a depender de los médicos y los familiares).
Nace el mito
Pero el principal mito nace en 1930, con «El ángel azul», el personaje Lola-Lola, y la canción que ella ronronea, displicente, mientras al hamacarse ostenta los muslos envueltos en medias negras con ligas baratas: «De la cabeza a los pies estoy hecha para el amor. ¿Qué culpa tengo si los hombres caen delante mío, como insectos alrededor de la luz?». Esa canción acompañaría cada una de sus presentaciones, el resto de su vida. La cantó casi hasta los ochenta años. Pero detrás de la canción, del personaje, de la película, y de sus famosas piernas, estaba el creador del mito. El hombre que supo ver sus potencialidades, refinarlas, y ponerlas en la mejor vidriera: el director Josef von Stenberg.
Juntos hicieron siete películas, todas ellas antes que se impusiera el famoso Código Hays de Moralidad (y acaso por ellas se aceleró la implementación del código). En ellas Marlene fue sucesivamente la cabaretera que arruina al viejo profesor, la cantante que besa a otra mujer en público, y se engancha con un legionario hasta quitarse los tacos altos y seguirlo por el desierto, la prostituta que se convierte en espía y muere fusilada por amor a su patria (pero antes pide prestado un sable reluciente, para mirarse en él y pintarse los labios), la mujer exótica que salva a los otros en el expreso de Shanghai, la que cae en prostitución para salvar a los suyos, y hasta Catalina la Grande (impagable, insuperable, «Capricho imperial», entusiasta y encantadora zafaduría hollywoodense), y la come-hombres española. Es decir, Lola-Lola, Amy Jolly, X-27, Shanghai Lily, Helen Faraday, la zarina, Concha Pérez... Con o sin esas máscaras, Marlene estuvo por encima de todos los hombres, y de la moral de su época, y de varias épocas posteriores. Pero se arrodillaba ante su creador. Hasta el último día le tributó gratitud y admiración.
De hecho, aunque trabajó con otros grandes directores (Pasternak, Lubitsch, Dieterle, Hitchcock, Wilder, Welles...), lo mejor de su carrera, y de su estilo, está en esas siete películas. El resto, incluso sus memorables trabajos para obras como «Arizona», «Testigo de cargo», o «Sed de mal», ya participa de otro mito: la perduración. Dietrich filmó hasta 1985, y actuó en público hasta los 75. Aquí vino en 1959, cobrando dos millones de nacionales por solo cuatro noches en el Opera, pero quienes la vieron dicen que valía la pena. Imponía lo que se llama «presencia», y, gracias a su creador, sabía de maquillaje y de iluminación más que los propios especialistas, al menos en cuanto a cómo lucir su figura. Por suerte, también era una auténtica profesional, es decir cumplidora, colaboradora, obediente, respetuosa, y compañera. Y eso, por suerte, no es ningún mito.




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