21 de marzo 2001 - 00:00
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Retrato de Ernesto Sábato.
También los sacerdotes están presentes con sus hábitos negros, pero «no se trata de una crítica social», señala. Benguria residió varios años en Roma, «bastante como para quedarse adicta a Roma», ha dicho. «Muchas veces pinté cardenales y las mujeres tomando té con sombrero, ¡todo eso era una fiesta! Por algo Fellini pintó Roma como lo hizo.»
Es importante el juego de relaciones que establece entre animales y hombres (un cuerpo masculino vestido, con cabeza de caballo), y entre la equitación y sus instrumentos (el mismo personaje, pero esta vez con atuendo de equitación y extremidades animales). Una retórica al descubierto, en la que se pueden observar síntesis de hombres y caballos, un verdadero bestiario humano o una humanidad endiabladamente animal.
En la serie de los sillones, apoltronados caballeros se funden en una forma casi imperceptible con sus asientos. Esta temática de los sillones continuados por figuras humanas, sillones antropomórficos o seres cosificados, como se lo prefiera, pasa de la ironía al sarcasmo. Metamorfosis y metáforas sin igual que evocan simultáneamente lo cruel y lo sádico, a través de la ingenuidad del trazo y la simpleza de una forma certera.
Pero siempre síntesis figurativas: sillones sintetizados con hombres, hombres sintetizados con caballos, hombres con hombres; desdoblamiento de las partes superiores del cuerpo, mujeres fusionadas con almohadones, sillones y pieles. Una retórica de acoples y de síntesis en los que la unicidad está al servicio de la comunicación. Lo individual no existe: se funde en la conjunción de las propuestas expresivas.
Caricatura
De un período caricaturesco de seres aislados, pasa a otro, donde no copia, sino reproduce los seres de una biografía fantástica. Una zoología y biografías imaginarias, elementos de un juego cada vez más sutil en el logro de formas nuevas. Benguria actúa como testigo, no de la realidad exterior y obvia de los retratos, sino de las formas más complejas de su interioridad. Hay un pasaje de lo externo a lo interno, que le da fuerza, que anima su producción. Este pasaje del afuera a la expresión de lo imaginario interno es la ruptura que permite a todo artista pasar de sus primeros tanteos a la madurez.
Benguria alcanza una verdadera madurez al permitirse este libre juego formal con los elementos de su bestiario y su representación de la realidad; no de la realidad tal cual es, sino de la realidad tal como ella la concibe. En este tránsito se hacen posibles formas nuevas, trazos, líneas y colores particulares. Tránsito de lo externo a lo interno, como si tratara la realidad en términos alquímicos: primero experimenta con la materia externa, los modelos reales de su entorno (época del retrato). A partir de esta etapa, se produce una transformación dentro de ella que la lleva a expresar su evolución interna a través de ritmos singulares. Como una alquimista, juega y trata la realidad sólo como algo que producirá una mutación.
De allí se comprende que la síntesis entre animales y seres humanos, de objetos y personajes constituyan el tema central.
Su arte mágico, emparentado con el surrealismo, es una alianza entre lo inconmensurable de lo real y lo limitado de lo interno, una simbología que debe ser descifrada cuidadosamente por el espectador, a pesar de su aparente simplicidad. Una síntesis sin embargo accesible, si se conoce la trayectoria de la artista.
Lo que consigue Benguria es mostrarnos un lenguaje que no se refiere a un mundo preexistente, figurativo o tradicional, sino que organiza -a través de su lenguaje particular-una concepción distinta, una nueva visión simbólica del mundo que nos rodea.




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