12 de febrero 2003 - 00:00

Simenon buscó ser popular y se convirtió en clásico

Simenon buscó ser popular y se convirtió en clásico
Cuenta Gabriel García Márquez que cuando tenía 21 años, mientras andaba vendiendo enciclopedias y libros técnicos por la Guajira colombiana, leyó un relato que lo impresionó porque le pareció la suma de la perfección. Develar el enigma de quién era el autor y cómo se llamaba aquel cuento le llevó 44 años de búsquedas.

Sólo recordaba que estaba en una antología que debía haber sido editada en la Argentina, «como la gran mayoría de nuestras de la época», acaso «una de las tantas que hicieron de Borges y Bioy Casares». Fue relatando aquel cuento a amigos y conocidos, y lo más que llegó a sospecharse es que podría pertenecer al prolífico narrador belga Georges Simenon. Finalmente fue Julio Cortázar, «con su hermosa voz baritonal y sus erres arrastradas», quien determinó «ese cuento es 'El hombre en la calle' de Simenon».

García Márquez
que había recreado la historia desde su recuerdo -según confiesa en «El mismo cuento distinto»- al releerla en la pluma de Simenon descubrió que aquella perfección literaria era indemne al paso del tiempo, como sólo su-cede con las grandes obras. También descubrió que «la intriga policial no estaba resuelta con la simplicidad con que la recordaba, sino como las grandes páginas de la literatura: con un sacrificio de amor; una evidencia más de cómo puede la vida cambiar la esencia de un cuento, y cambiarnos a nosotros el modo de amar».

Simenon
fue en la juventud factotum del político de extrema derecha Binet-Valmer y secretario del monárquico marqués de Tracy, más tarde acusado de colaborar con los nazis durante la ocupación y haber pergeñado libelos anti-semitas (su hermano Christian fue confeso simpatizante de Hitler en Bélgica); se le señaló «haber escapado» a Canadá y Estados Unidos luego de la Liberación; se dice que el individualista sólo ocultaba a un libertino, los miembros del clan de lo políticamente correcto lo cuestionan por «irremediable machista» (tomando por cierto el mitómano alarde ante Federico Fellini a quien le dijera que, a partir de los 13 años, se había acostado con unas 10 mil mu-jeres, buena parte prostitutas de grandes pechos); se lo declaró un cínico oportunista que carecía de moral y, por si fuera poco, de haber mantenido una relación incestuosa con su hija Marie-Jo. Nada de esto ha mellado la estatura de un maestro del relato policial y de, como afirmó Henry Miller, un formidable observador de la costumbres de la burguesía y la pequeña burguesía. En todo fue vital, excesivo y un escritor que de muchas formas se adelantó a su tiempo. Mañana, fundamentalmente en Bélgica y Francia, se celebrará el centenario del nacimiento de Simenon, considerado por sus 350 novelas (cerca de 200 escritas con 17 seudónimos), mas de mil cuentos, centenares de artículos periodísticos y una decena de testimonios autobiográficos, «uno de los escritores más prolíficos de la historia», «el Balzac del siglo XX», «impulsor de la industria del bestseller» y, en el decir de García Márquez, «un autor de una fecundidad casi irracional».

• "Ganarse la vida"

Simenon le confesó cierta vez a André Gide que a partir del momento que eligió, cuando tenía 18 años, ganarse la vida escribiendo empezó a producir una novela cada 3 días, más tarde lograr el manuscrito de un policial le llevaba 8 días y cuando entró en la «novela dura», en «la literatura con mayúscula», concluía una obra en «entre 10 y 15 días». Cuando comenzaba a escribir tenía una serie de rituales y, sobre todo, debía sentirse en «estado de Gracia». Esa declaración le pareció poco seria y, pocas frases después, la transformó en «un simple fenómeno de voluntad, lo que no tiene nada de extraordinario».

Supo prever «la era de la publicidad», la importancia del marketing y la globalización, y cómo lograr tener sus obras entre las más vendidas sin por ello pasteurizar sus historias para que fueran de consumo fácil. Consideró desde sus primeros libros que éstos debían ser un producto y que debía colocar en los medios su nombre como una marca. Más tarde llevaría esto a su más importante creación: el comisario Maigret.

En 1927 intenta escribir frente al público una novela encerrado en una caja de vidrio y con los ojos vendados. En 1931 para presentar las dos primeras «novelas de Maigret» produce un memorable «baile antropométrico» que reúne a lo más granado del París artístico y cultural. Le gustaba codearse con artistas que incrementaran su popularidad. Por caso publicita sus amoríos con la vedette Josephine Baker, que había escandalizado bailando sólo cubierta por un collar de bananas en su cintura.

Se ha hablado en demasía de que su impulso para escribir partió de la relación de amorodio con su madre, que quería que fuera ferroviario y no «un artista que se moriría de hambre», negando la importancia del padre, Désiré Simenon, porque sólo fue un corredor de seguros de vida gris. Se olvida que Georges lo acompañaba a la única diversión que le permitía escapar a una esposa agria y recriminativa: su labor como apuntador en una pequeña compañía de teatro. Acaso allí el pequeño Georges descubrió que la letra escrita debe ser la que corresponde al personaje, que se pude entrar en la piel de cualquier persona, que los caracteres son el fundamento de una historia y, más tarde, darse cuenta de que las tragedias desde «Edipo rey» remedan siempre a un policial y «permiten llegar al gran público y ganar buen dinero».

El teatro con sus efectos programados y su necesidad de seducir al público manteniendo permanentemente su interés es la marca secreta que impulsó a
Simenon. Algo que podría remitirse a la vez en que su madre le gritó a su padre: «Georges es tu hijo, Christian es el mío», o que cuando a los 18 años muere su padre -un ser que aduló, idealizó y mitificó, decidiera ser un escritor con mucho público. Llegó lejos, al poco tiempo ya era «el escritor mejor pago» y, a los 25 años, habiendo partido de una clase media pauperizada, contaba con cocinera, secretaria, chofer y una fortuna que no dejaba de crecer. Tomó muy en cuenta para ese éxito que Colette tras leer su primer libro le indicó: «Suprima todo lo que hay de la llamada literatura y será un gran escritor».

• Innovaciones

Una de las muchas innovaciones que llevó al género policial fue que el criminal no fuera ni marginal ni psicópata sino alguien común y corriente, un empleado intachable, un buen padre, un marido ejemplar, a quien una crisis transforma en delincuente. Acaso por eso Maigret, según el mismo Simenon, «odia la maldad deliberada y es feroz con la hipocresía, pero al mismo tiempo es indulgente con las faltas que son fruto de la debilidades de la naturaleza humana».

La originalidad de sus historias, la calidad de sus intrigas, la fuerte humanidad y universalidad de sus personajes no ha dejado de fascinar a lectores, realizadores y actores. Si bien se han llevado al cine muchas de sus obras (se ha dicho que en principio
Simenon es una especialidad de la cocina cinematográfica francesa, por más que cuestionadamente haya comenzado vendiendo los derechos de Maigret a una productora alemana del nazismo, cuyas redes podían remontarse a Joseph Goebbels), ha inspirado numerosas versiones en distintos países. Pero lo que demuestra de forma concluyente la vigencia de las historias del gran escritor belga es que la televisión de todo el mundo sigue haciendo adaptaciones de sus obras. A Maigret la TV lo convierte permanentemente en inglés, ruso, holandés, japonés, alemán y hasta lo hace hablar con los diversos acentos del español de hispanoamérica.

Hace ya una década, comprendiendo la vigencia de su obra, un conjunto de editoriales españolas decidieron relanzar su obras.
Beatriz de Moura desde Tusquets planeó lanzar por primera vez en castellano los 214 volúmenes de la obra completa de Simenon, algo que ocuparía a su editorial hasta el tercer milenio; comenzó publicando las «obras literarias» y menos divulgadas del autor de la extraordinaria «El hombre que miraba pasar los trenes». Por ese tiempo Planeta eligió relanzar la «serie magretiana» en libro de bolsillo, hoy algunos ejemplares suelen encontrarse en las librerías de saldo de Buenos Aires. Por su parte Ediciones B (que curiosamente luego de irse del país, dejando sólo una oficina, se ha convertido en productora de inesperados bestsellers) se dedicó a publicar las llamadas «obras menores» como «Un turista en Tahití» o «Marie, la del puerto». Hoy por hoy, la única advertencia que deberían llevar los libros de Simenon (1903-1986) es que pueden crear adicción.

Mañana el mundo no celebrará a un escritor del panteón sino a un notable autor que se mantiene vivo, mientras muchos que en su momento se decretaron inmortales han pasado ya al olvido.

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