«Grupo de familia» («Tanguy», Francia, 2001, habl. en francés). Guión y dir.: E. Chatiliez. Int.: A. Dussolier, S. Azema, E. Berger, H. Duc, A. Clement, A. Wilms, J. Boudet.
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A unque los títulos locales sean bastante parecidos, nadie va a confundir esta película con la ya lejana «Grupo de familia en un interno», de Luchino Visconti. El maestro italiano mostraba un conjunto bastante numeroso de anormales, que afectaban al sufrido vecino con su infierno interno. En cambio, el comediógrafo francés Etienne Chatiliez muestra apenas la unidad básica familiar, todos altamente normales, sólo que con los padres afectados al trabajo de «externar» al hijo lo más lejos posible, si es posible a la China, y que no vuelva.
En efecto, «Grupo de familia» toca un verdadero drama contemporáneo: los padres no saben qué hacer para que el hijo se vaya de la casa. Para colmo, y agravando las contradicciones de amor y fastidio que esto acarrea, sobre todo en la madre, el hijo es un encanto de muchacho, muy bien educadito, cariñoso, aplicado, el único problema es que ya tiene 28 años y sigue postergando su tesis de doctorado. Y no hay nada que hacerle. El soporta con auténtica paciencia china todas las «indirectas» de los padres, que son cada vez más directas y hasta agresivas. Bueno, se está preparando: su meta es irse realmente a trabajar en la China... algún día. «A un bebé que nació con 13 días de retraso, siempre le costará irse», se burla la abuela materna.
Ante las agresiones y eliminaciones de privilegios filiales, el joven aplica maravillosos proverbios taoístas, dignos de tenerse en cuenta, tipo «Quien se contenta con poco, lo tiene todo», o «Los felices no tienen historia». El proverbio del padre es más expeditivo, aunque da un resultado apenas provisorio. No alcanza la madre a decir el suyo («las mejores joyas de una mujer son las rodillas a la altura de las orejas»), que ya está el chico de vuelta. Animo, todo tiene un final feliz, aunque tarde en llegar. También el final de la película, ya que hablamos, tarda algo más de la cuenta en llegar.
Con una cita visual bastante explícita, algunos gags atemperados, y excelentes caracterizaciones (por ejemplo, la actriz que hace de abuela, Helene Duc, es casi igualita al actor que hace de padre, André Dussolier, sólo que más ridícula), Chatiliez parece rendir homenaje a Blake Edwards y otros viejos directores norteamericanos de comedias caricaturescas sobre conflictos familiares típicos. Pero el ritmo decae en la extensión, y, aparte, acaso por una mala marcación, Sabine Azema cae en excesivas morisquetas, más propias de otro tipo de comedia. Igual sigue siendo atractiva, y muy buena actriz, e igual se pasa el rato agradablemente. Obra ideal para ver en familia.
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