"El beso de Singapur": la serie británica más anticolonial

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Algunos británicos que vivieron y lucraron en las colonias del imperio la odian “como si fuera una patada en los dientes”, así dicen. Otros la elogian como “el ataque más célebre al colonialismo por parte de un novelista británico en el Siglo XX”. Se refieren a la llamada “Trilogía del Imperio”, tres libros de J. G. Farrell centrados en la decadencia del otrora poderoso imperio: “Troubles” (Irlanda), “El sitio de Krishnapur” (India) y “El beso de Singapur”, cuya versión televisiva presenta desde hoy Europa Europa.

Forzosamente, una miniserie de seis capítulos apenas puede dar una idea de la riqueza de un libro satírico de 558 páginas escrito con el entusiasmo contestatario de los años ‘70, pero el adaptador es Christopher Hampton, un experto en la materia (basta mencionar sus premios Oscar por las adaptaciones de “Relaciones peligrosas” y “El padre”), y además fue amigo personal de Farrell, quien murió a los 44 años en circunstancias casi novelescas, tragado por el mar mientras pescaba en la orilla del Atlántico Norte.

A los personajes de “El beso de Singapur”, en cambio, se los traga la Historia. Ambientada en los años 1941-1942, la novela describe burlonamente la vida suntuosa e imprevisora de los colonos en vísperas de la guerra. Allí está la poderosa empresa de caucho Blackett & Webb Ltd. El socio mayor es el temible Walter Blackett, que tiene dos hijos: una víbora seductora y un tonto mujeriego. El socio menor, y menos cruel, está enfermo. Su hijo Matthew, un joven idealista, viene a verlo, y quizá deba hacerse cargo de su parte en el negocio. Por allí anda también Vera Chiang, una hermosa exiliada china de vida oculta, moviendo sus piezas. Blackett calcula cómo manejar al joven advenedizo, y cómo venderle caucho al ejército imperial japonés. Ni piensa que los japoneses puedan invadir Singapur. Y tampoco lo piensan demasiado los militares británicos destinados al lugar. Hampton se refiere a esto como “posiblemente la mayor catástrofe que le haya ocurrido al Imperio Británico en su declinación, un desastre del que los colonos fueron directamente responsables”.

Ilustrando lujos, lujurias y destrozos, trabajan Tom Vaughan, director (“Reina Victoria”,“Locura de amor en Las Vegas”), Anne Dudley, compositora (“El juego de las lágrimas”), Ann Maskey, vestuarista (las tres de “El Hobbit”) y otras firmas de primera. Como Singapur está harto urbanizado, el rodaje se hizo en Kuala Lumpur, capital de Malasia, el barrio chino de Penang, y alrededores. La mansión Blackett fue sede de la British High Commission: ahí se firmó la independencia de Malasia en 1956.

Tanto el título en inglés, “The Singapore Grip”, como el castellano, aluden a lo mismo: el beso de Singapur, también conocido como pompoir o kabzah, es una práctica sexual beneficiosa para el suelo pélvico de señoras y señoritas, y misteriosa para el protagonista, que tarda algunos capítulos en saber de qué se trata.

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