Sobria puesta de una amarga obra de Gambaro

Espectáculos

«La persistencia» de G. Gambaro. Dir.: C. Banegas. Int.: C. Fal, G. Correa, H. Acosta y S. Nunziata. Esc. y Vest.: G. Galán. Ilum.: J. Pastorino. Mús.: S. Nunziata. («Sala Casacuberta» Teatro San Martín.)

"La persistencia" es una pieza que destila amargura y desolación. Griselda Gambaro la escribió hace dos años, conmocionada por la masacre ocurrida en una escuela de Rusia, en que murieron trescientos rehenes, en su mayoría niños, tras un incidente perpetrado por un comando checheno que culminó con la brutal intervención de las tropas rusas.

La pieza condensa, además, todo el horror de la guerra, no tanto a través de la acción sino del discurso de su protagonista femenina, Zaida, quien vive sometida a la autoridad de su esposo, pero ama y protege a su hermano Boris (el único sobreviviente de su familia). Este es un hombre delicado y extremadamente sensible al que todos toman por cobarde, aunque en verdad es el único que se niega a matar a criaturas inocentes. La acción transcurre en un precario refugio de montaña, a un año de la terrible matanza en la que murió el hijo de la pareja. Zaida vive ese dolor siempre en presente y no encuentra otro camino para sobreponerse a él que obrar de la misma forma. Es decir, aniquilando a los niños de una escuela. Tan tremenda decisión sólo se ve suavizada por la terrible pena que sacude a esta mujer. Carolina Fal compone a este personaje con una equilibrada mezcla de fragilidad y fiereza; aún así, no resulta fácil seguirle la pista a esta Medea contemporánea arrastrada por el fanatismo y la violencia destructiva. Ella es la viva encarnación de la ley del Talión («vida por vida, ojo por ojo...») y también de ciertos preceptos coránicos como aquel que permite que un hombre muerto « injustamente» sea vengado por su pariente más próximo. De hecho, la autora alude sutilmente al concepto de «guerra santa». Cuando Boris habla de los caídos en combate («Nuestros compañeros están con el cuerpo lavado con mieles y aceites, rodeados en la eternidad por hermosas mujeres»), sin duda está aludiendo al paraíso musulmán.

«La persistencia» es una obra dura y polémica que apunta más a la razón que a la catarsis de emociones. Ya no se trata de buenos y malos, ni de vencedores y vencidos, lo que cuenta es el odio y el instinto de muerte que siguen rigiendo los destinos de la humanidad aún en pleno siglo XXI. Las imágenes de cuerpos mutilados que describe Zaida bien podrían formar parte de los grabados y pinturas de Goya (entre ellos, «Saturno devorando a un hijo»).

Cristina Banegas dirigió con mano firme a sus actores; no hay desbordes ni imposturas trágicas en su puesta. Gabo Correa y Horacio Acosta integran junto a Fal un triángulo lleno de tensiones. En cambio, la presencia muda de Sandro Nunziata resulta más bien decorativa. Se supone que oficia de dios silencioso pero nunca llega a entablar un vínculo dramático con los demás personajes.

La escenografía de Graciela Galán sugiere un paisaje de montaña concebido con criterio plástico. El diseño de luces, en cambio, deja a los actores mayormente en penumbras sin una clara valorización dramática y esto puede provocar que decaiga la atención del espectador.

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