27 de junio 2002 - 00:00

Sólido Denzel Washington en film emotivo pero manipulador

Denzel Washington
Denzel Washington
«John Q.» (id. EE.UU., 2002; habl. en inglés). Dir.: N. Cassavetes. Int.: D. Washington, R. Duvall, J. Woods, A. Heche.

"John Q." es la versión solidaria de «Tarde de perros». Después de agotar todos los recursos para poder darle a su hijo el trasplante de corazón que necesita, el obrero negro John Quincy Archibald ( Denzel Washington) toma por la fuerza el hospital que se lo niega si no paga 250.000 dólares. Su deficiente seguro social sólo le cubre 20.000 dólares, y las distintas colectas y aportes que promueve apenas aumentan esa cifra.

Encerrado y con rehenes, allí convence, según el método Corleone, a uno de los médicos a practicar el trasplante: o lo opera, o los sesos del médico adornarán las baldosas. Si no hay donante no importa: él está dispuesto a suicidarse para que su propio corazón siga latiendo en el de su hijo.

Sacrificio

El nuevo film de Nick Cassavetes (alguien para quien el nombre del padre representa mucho) oscila entre lo genuino y lo manipulador, y recuerda la idea que tenían los griegos del cuerpo humano: órganos nobles en la parte superior, recostados sobre órganos impuros debajo.

El corazón de Washington articula una historia de emotivo sacrificio con una exposición, siempre reveladora aunque conocida, sobre la crueldad del sistema de salud en los Estados Unidos. El chico de nueve años, al que se le da el alta en el hospital sólo para que vaya a morir a su casa, no es sino un caso entre los 7.000 ocurridos en aquel país el año pasado entre indigentes o mal asegurados.

Sin embargo, los procedimientos narrativos para desarrollar esta historia no vacilan en recurrir a atajos demasiado frecuentes, e inclusive, cerca del desenlace, desleales hacia la compasión del espectador: como diría un extinto ministro de economía, el público se entrega con el corazón pero le responden con el suspenso. ¿Aparecerá a último momento, como el séptimo de caballería, el órgano salvador, o se tendrá que matar nomás el pobre obrero? Un enigma insolente para con quienes se habían sensibilizado, legítimamente, con la mala estrella del protagonista.

Sospecha

Ese punto, tan indigno que hasta se lo sospecha ajeno a la voluntad de Cassavetes, es el más extemporáneo a la naturaleza que insinuaba en sus tramos iniciales y medios la película, un drama de amor paterno, a la vez que una nueva crónica de la derrota del individuo ante el sistema, que se vale (y bien) de la forma a «puertas cerradas» de «Tarde de perros» como marco: afuera la policía al acecho, contenida por un número cada vez mayor de curiosos que hacen causa común con el rebelde, y adentro la cuenta regresiva para las esperanzas del insospechado nuevo héroe.

Ciertas rutinas, como la del papel de los medios o la de la lucha política de la policía en su propio interior, que se pone más de manifiesto ante la crisis, no empañan de igual manera el drama; sobre todo, cuando un viejo zorro como
Robert Duvall tiene a su cargo el papel del negociador, con un torpe Ray Liotta enfrente (tanto, que pese a ser jefe policial es el único que no se entera de que la televisión capturó la frecuencia de video interna al hospital y la está transmitiendo a todo el país. ¿O fue el guionista el que no lo advirtió?).

Denzel Washington
, como de costumbre, un gigante, aunque las abundantes lágrimas que derrama en el lecho del hijo enfermo tal vez sean excesivas a los ojos de la Academia de Hollywood como para concederle un segundo Oscar. Ya lo ganó este año, dominado por los afroamericanos, por «Día de entrenamiento». Quizá el que viene sea el turno de los hispanos.

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