8 de agosto 2002 - 00:00

"Sonatina": gángsters en relax, según Kitano

«Sonatina» («Sonatine», Japón, 1993, habl. en japonés). Proyección en video. Guión y dir.: T. Kitano. Int.: T. Kitano, A. Kokumai, T. Watanabe, M. Katsumura.

Quienes oportunamente veneraron «Flores de fuego», «Violent Cop», y la más cercana «Brother», quizá se sientan perplejos al ver esta «Sonatina», que, si bien tiene abundantes masacres, guarda una curiosa cercanía con dos obras mucho más calmas: «Escenas frente al mar», y «El verano de Kikujiro».

Para explicarlo, basta contar la historia. En medio de una lucha de intereses, y tras cometer cierta variedad de crímenes surtidos, un grupo de gángsters debe tomarse unos días de descanso (digamoslo así) en un aguantadero apartado. Dejan la ciudad, descubren la amplitud de la costa, la laxitud del tiempo... y les aflora entonces la parte infantil, casi inocente, de los hombres duros. Empiezan a chacotear, a hacer representaciones, juegos con prendas, bromas medianamente amables, batallas con fuegos artificiales, todo sin maldad, como si fueran chicos grandes. Y luego, está la mujer. No diremos que fue salvada de una violación (no lo fue), pero ahí se queda, y el jefe se hace cargo. Entre ambos irá surgiendo algo así como una relación, que incluye algunas confesiones.

En cualquier policial, esto sería como incorporar al típico personaje de la mujer traidora. En Kitano, esto es como incorporar un amor entre dos personas con limitaciones expresivas. Aparte de eso, también habrá, claro, cierta forma de traición, pero de la que unos llaman destino, o desafío al destino.

Al respecto, cabe imaginar el fastidio de unos cuantos espectadores cuando llegue el final (por algo tardó tanto en estrenarse), pero hasta ellos terminarán reconociendo la extraña coherencia de ese final, la calidad del film, su especial sentido del humor, incluso el humor negro, y su manejo de los tiempos, calmos o repentina, fugazmente violentos. Así también son los personajes: reservados, como cansados, y de acciones terminantes. La música, en cambio, es casi romántica, en el mejor sentido de la palabra.

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