Fundar una ciudad destinada al placer es algo que puede ocurrir en un desierto -como Las Vegas-, o frente al mar -como Montecarlo o Punta del Este-, pero esta «Mahagonny» del 2002 con puesta en escena concebida para espejar la realidad actual del país, se funda en un basural de desechos industriales con algunos instrumentos musicales.
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Hasta allí llegó un camioncito que, agotado, no pudo seguir siendo cómplice de una huida, gene-rando un estancamiento forzoso, y con él, el deseo de armar un paraíso ilusorio en medio del infierno amenazado por huracanes, y si el poder del futuro se muestra ante todo en la construcción del presente, le deja al espectador el espíritu agobiado y se acentúa la desesperanza.
En la nueva ciudad no hay orden, justicia ni ética, elementos que al estar ausentes llevan al caos y la anarquía, con su consecuente decadencia; éstas son «las redes» con apariencia de lujuria, placer y «prohibido prohibir» que derivan en escenas patéticas y conocidas, casi se diría que indeseablemente incorporadas al cotidiano: juicios viciados de corrupción donde el único condenado lo es por el crimen de no tener dinero, cacerolazos, carteles de inmobiliarias que tienen en venta todo lo que nadie puede comprar, bailarinas clásicas en un plano mientras en otro se baila tango (la Biblia y el calefón); un match de box de mujeres en topless, un goloso que come hasta reventar literal-mente, y el regateo con la prostitución, donde no falta la que «acepta patacones».
Es decir, una descarnada visión de la realidad de 1930 adaptada a nuestro hoy con la correspondiente falta de respuesta y expectativa, y la conclusión es responsabilidad de la madurez de cada uno... o de su memoria ubicada en cómo siguió la historia, la que recordará cuando supere el desencanto.
En la primera función de Gran Abono de la historia del Colón -fundado en 1908- a la que el público fue «de calle» mostrando un desdén casi masivo por la ropa de gala y las joyas, esta ópera se nutrió con su elenco totalmente local, donde no faltan talentos y fundamentalmente ese entusiasmo por aprovechar la oportunidad que en tiempos de «lo importado» les era negada.
Hace poco Darío Volonté dijo que la Orquesta Estable era «una Ferrari» que siempre arranca, y esta vez estuvo a la altura del elogio, aunque la solemnidad impresa la alejó de su origen «cabaretero» -sobre todo en la rítmica y la dinámica-, lo que hizo deslucir momentos de gran belleza como «Luna de Alabama» y afectó la impactante grandeza del final.
El Coro no siempre empalmó con la orquesta, y los sonidos de color no se encomillaron, salvo la mandolina y el bandoneón en una fugaz participación en el centro del escenario.
La coreografía de Diana Theocharidis era un «delirio organizado» que da muestra de su talento, ya comprobado en la obra de Mauricio Kagel. La régie de Jerôme Savary (argentino emigrado) es un catálogo del desencanto y los peores costa-dos de la condición humana.
«Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny», ópera de Bertolt Brecht y Kurt Weill. Con G. Oddone, C. Bengolea, M. Pichot, G. Renaud, L. Gaeta, O. Carrión, C. Sanpedro, J. Barrile y otros. Régie y Esc.: J. Savary. Vest.: M. Zuccheri. Cor.: D. Theocharidis. Dir. del Coro: M. Martí-nez. Orq. Est., Dir.: G. Gandini. (Teatro Colón, Función de Gran Abono, 12/04/02).
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