6 de noviembre 2001 - 00:00

Un Cambalache más pretencioso

Un Cambalache más pretencioso
Pocas veces el material de una novela se presta para una adaptación teatral. Cuando en la trama se mezclan intrigas políticas en las que intervienen varios bandos en pugna y diversos personajes que lideran grupos movidos por intereses diversos, lo más posible es que todo redunde en confusión.

A menos que el propósito del autor sea claro y la adaptación logre una síntesis, que, más allá de querer abarcar todo el universo de la novela, se centre en los personajes que representen las diversas facciones, resaltando sus rasgos personales y ahondando en sus caracteres, que vienen a resultar las cabezas visibles responsables de enfrentamientos en los que se ven envueltos muchos seres anónimos que sufren sus consecuencias. Valga como ejemplo la adaptación que Camus hizo de «Los endemoniados» de Dostoievski.

La versión de Ignacio Apolo de una novela de Miguel Viñaski no logra esa síntesis y el resultado es una trama caótica, dividida en innumerables escenas que fragmentan el desarrollo y no logran rescatar el sentido último de los acontecimientos.

Los personajes carecen de carnadura y el resultado es una exposición confusa de los hechos que determinaron la creación de nuestro país y la lucha contra los invasores ingleses. Lucha de la que deserta Sobremonte, rebautizado por Ignacio Apolo como «el padre de la patria», cuando en la novela, como su título lo indica, es sólo el representante de «Una historia de codicia argentina», por lo que cabe suponer una ironía.

Sin desplazarse de la época, Apolo trata de establecer una semejanza entre los hechos sucedidos entonces y nuestro presente, comparando a los gestores aquéllos con figuras políticas de la actualidad.

Nadie se salva, ni siquiera el pueblo, que a pesar de sufrir las consecuencias, aprovecha el caos para beneficiarse, cometiendo actos de rapiña.

La puesta contribuye a la confusión; la permanente inclusión de imágenes proyectadas en la enorme pantalla prevalece sobre lo que sucede en escena y el vestuario adocenado resalta el esquematismo de los caracteres.

La puesta de
Sergio Rosenblat compite con la dirección de multimedia de Ramiro Fernández y con las canciones de César Lerner, caprichosamente insertas a lo largo de la tediosa trama. Un espectáculo «a lo Piscator» en el que los menos favorecidos son los actores.

Lejos de su
«Peer Gynt», Franklin Caicedo hace de Sobremonte una «machietta». Sólo Pompeyo Audivert logra crear una figura coherente del rufián que maneja el prostíbulo, cuyas «pupilas», según la versión, parecen ser verdaderas heroínas.

Con más sencillez y menos pretensiones,
Discépolo logró describir en su tango «Cambalache» la miseria moral que nos aqueja.



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