Un desparejo Chabrol con estupendo elenco

Espectáculos

«La comedia del poder» (L'ivresse du pouvoir, Francia-Alemania, 2005, habl. en francés). Dir.: C. Chabrol. Guión: O. Barski, C. Chabrol. Int.: I. Huppert, F. Berléand, P. Bruel, R. Renucci, J.P. Balmer, R. Dumas, J. Boudet, P. Duclos, T. Chabrol.

Con poco de comedia (por otra parte el título original no habla de comedia, sino de la embriaguez del poder), y con menos mordiente del esperado, porque el asunto daba para más, y encima es una lástima que se termine pinchando, el veterano Claude Chabrol desarrolla el drama de una jueza de instrucción empeñada en aplastar a ciertos empresarios que, entre otras cosas, pagan comisiones con dineros públicos.

Ella disfruta deteniéndolos, imponiéndoles sus indagatorias, y allanando enérgicamente sus casas y oficinas (vale decir, humillándolos delante de esposas y secretarias), y pone tanta líbido en eso, que descuida a su propio marido. La mujer trabaja hasta en su casa, y cuando al final del día ve un desfile de modas es sólo para calcular el dinero que uno de los reos distrajo en regalos para su empleada preferida, lo que el otro aduce como gastos de representación.

Interesante, la actitud de la jueza, que hace todo esto no por afán de carrera o prestigio, sino por obsesión de justicia, mientras otros consideran que comisiones, sobornos, y demás minucias son solo aceites necesarios para el buen engranaje de las relaciones políticas y comerciales. «Si lo haces bien, es legal y deducible de impuestos», le explica un sobrino político que se gana los garbanzos inventando crucigramas, y un auto jugando al póker.

Interesante también, el modo en que Chabrol despierta sensaciones de extrañeza en el espectador, con la música intrigante, muy bien colocada, de su hijo Matthieu, o con leves movimientos de cámara, o encuadres de esos que hacen decir «aquí va a pasar algo», y cuando empieza a pasar, corta, y nos tiene en ascuas un par de escenas, o con un plano donde la protagonista ya piensa en retirarse a lugar seguro, y detrás suyo hay un cuadro con un lindo paisaje, pero ese paisaje muestra algunos recodos que sugieren peligros ocultos. Y regocijante, la selección de actores, no sólo la siempre exacta Isabelle Huppert, sino la galería de actores secundarios, de esos cuyo nombre el espectador común desconoce, pero bien que llenan la pantalla apenas aparecen, sobre todo con su habilidad para componer caricaturas de tinta bien cargada, como Pierre Vernier (el presidente de la Corte), Philippe Duclos (el «public relations» de ojos saltones), Jean-François Balmer (el que en vez de alegar ignorancia sobre el destino de 800.000 dólares simplemente dice «es dinero», como diciendo «lo más natural es que circule, ¿cuál es el problema?»), el impagable Roger Dumas (que hace 40 años estuvo con Chabrol en «El tigre se perfuma con dinamita»), otro viejo, Jacques Boudet, y sobre todo François Berléand (el CEO caído en desgracia que al terminar solo en la vida sabe luego apiadarse del inesperado drama que vivirá la jueza).

Junto a ellos logra hacerse notar otro hijo del autor, Thomas Chabrol, en el papel de sobrino descontracturado, algo inmoral, cálido y cartesiano, con una mirada concreta sobre la gente, pero una mirada que también parece ir aún más allá de lo que en ese momento está pasando.

La verdad, con semejante elenco, es una lástima que la propia película no fuera también un poco más allá, y se quede en algo así como una serie de apuntes a la pluma para un cuadro inconcluso.

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