30 de octubre 2003 - 00:00

Un documental de esos que acá no se consiguen

«Ser y tener» («Etre et avoir», Francia, 2002, habl. en francés). Guión y dir.: N. Philibert. Int.: G. Lopez, Jojo, Alize, Axel, Guillaume, Julien, Olivier, Natalie, Laetitia y otros.

¿C uál es la mayor diferencia entre un documental y un registro noticiero? Los expertos coinciden en señalar el tiempo que cada uno lleva. Poniendo como ejemplo el tema de este film, es decir, la vida en una escuela rural, un equipo televisivo simplemente hubiera caído de sopetón, encajaba el micrófono y la cámara encima de la gente, registraba a las madres más gritonas y protestonas, y listo, lo demás queda a cargo de una pareja de presentadores con cara de circunstancias.

A Nicolás Philibert, el solo rodaje le llevó casi todo el año lectivo, aparte de las horas de charla previa con los padres y el período de mutuo acostumbramiento entre los niños y la cámara, a la que mirarán naturalmente, cada vez que el maestro los pille en falta. En casos como éste, principales diferencias son, asimismo, la dedicación y la humildad. Philibert no es de los que se hacen notar, apareciendo en escena u orientando la opinión del espectador. Al contrario, él trata de influir lo menos posible. Nuestro público ya lo conoce, pues aquí se estrenaron con buen suceso «La ville Louvre», seguimiento de las tareas habituales e inhabituales del personal del museo del Louvre, y «Un animal, los animales», sobre las tareas de rehabilitación de un museo de ciencias naturales.

Buen humor, discreción, valoración del trabajo ajeno, también forman parte de sus códigos. Que en «Ser y tener» aplica sobre una materia viva mucho más sensible: los chicos de un pueblito de los Auvergnes, un lugar bellísimo, y su maestro, que ya lleva 35 años haciendo dictados y corrigiendo deberes. Cansino, apacible, colaborador (se nota que algunas situaciones fueron acordadas de antemano con el realizador), habrá que sentarlo para que cuente algo de sí mismo. Si los alumnos lo dejan, porque su escuela es una de ésas «de aula única», donde en una mesa están los chiquitos aprendiendo a leer, en otra los medianos, y al lado los más grandes, que en la granja paterna ya manejan el tractor, y el año próximo ya se irán, Dios quiera, quién sabe adónde. Así es la escuelita, con los chicos junto a la estufa prendida, cuando afuera nieva, o con las mesas en el patio, bajo el solcito de primavera. Inclinados sobre sus trabajos, o deslizándose en trineos, aprendiendo a cocinar ahí mismo, o con toda la familia encima, tratando de resolver una multiplicación en la cocina de la casa. Se ve también la santa paciencia con que el maestro logra que dos grandotes se reconcilien después de pelearse a trompadas. O que un chiquito nuevo deje de llorar por su mamá el primer día de clase.

El paso de las estaciones, la tortuga caminando tranquila por el aula cuando los chicos no están, la pena de un gordito al hablar de su padre enfermo, las picardías del más comprador de todos estudiando la fotocopiadora, negociando un castigo, o percibiendo la infinitud de los números, un momento cercano a la emoción. Vemos también al técnico reparando la fotocopiadora.

Y al tiempo que los chicos pasan el año, el espectador va sintiendo placidez, ternura, interés personal, admiración, cariño, tanto que al final es casi como si sus propios chicos pasaran de grado. Y siente también una pregunta: ¿por qué acá no hacemos cosas como está? Porque los únicos que tuvieron dedicación y se tomaron ese tiempo fueron Jorge Prelorán («Chucalezna»), la dupla Miguel Pereira-Federico Urioste («Ecos de los Andes», sobre un músico y maestro rural), y el rosarino Mario Piazza («La escuela de la señorita Olga»). El resto, son puros quejidos de los gremialistas.

P.S.

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