28 de marzo 2002 - 00:00
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Lucy Russell
" La dama y el duque" es una película de cámara, pequeña, luminosa, y tan anacrónica como placentera. En su ancianidad, Eric Rohmer (uno de los pocos directores sabios del cine francés) se ha dado el gusto de adaptar un olvidado libro de memorias de una noble inglesa que vivió en París en los tiempos del Terror, «Ma vie sous la Révolution», de Grace Elliott, y rodarlo de una manera teatral, delicada y pictórica.
«La dama y el duque» recuerda menos a un film de época que a la melodía, y la letra, de «Que reste-t-il de nos amours?». En ese sentido, Rohmer parecería perpetuar, aun con estos claroscuros, pelucas blancas y la sombra de la guillotina de fondo, el mismo espíritu que animó los infortunios amorosos de sus personajes juveniles en sus recientes cuentos de las cuatro estaciones.
En su desesperación, Grace se obstina en seguir viviendo allí porque comparte, en el pensamiento, las ideas básicas de la Revolución, aunque en su corazón asiste con espanto al sangriento exterminio de la nobleza. Sus reencuentros con el Duque (Jean Claude Dreyfus) son ásperos y melancólicos, como ocurre con los viejos amantes que tardan en reconocerse cuando se vuelven a ver después de mucho tiempo.



