Una de las razones del éxito mundial de Harry Potter es la exclusión total que el libro, y ahora su sumisa versión para el cine, hacen de la mirada adulta. La magia del pequeño Potter desaparece al menor contacto con un público que no sea el de sus coetáneos. De alguna manera, la obra de J. K. Rowling ha convertido uno de los lemas de «El principito» en una razón de mercado, y mal no le ha ido.
El cine infantil de los últimos años, empezando por las producciones de las usinas Disney o las de la Dreamworks de Steven Spielberg, se pobló de «guiños» o parodias que sólo un adulto podía disfrutar: en la lista caben desde «Pollitos en fuga», auténtica mutación de la siniestra «Infierno 17», hasta la inminente «Monsters Inc.», con sus juegos surrealistas de mundos paralelos y sus chistes que gustosamente firmaría Woody Allen.
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Si ese habitual guiño al adulto no provenía del humor, lo hacía desde el musical al estilo Broadway, de allí que más de uno de los títulos Disney de los últimos tiempos, como «La bella y la bestia» o «El rey león», continuaran su carrera de pantalla sobre las tablas. Pero, en especial, también provenía desde uno de los rincones que más seducen al masoquismo adulto y que, sensatamente, los chicos desprecian: la emotividad. En «Harry Potter», en cambio, todo es lúdico, y no cabe la menor posibilidad de derramar esa lágrima manipuladora a la que tan proclive se muestran los estudios de Hollywood. Los que lloran en el cine son los mayores. Los chicos sólo quieren divertirse, y «Harry Potter» les proporciona dos horas y media de una diversión plena y continua que, probablemente, llegue a fatigar algunas veces a sus padres.
Ni siquiera en esta primera parte de la saga, que corresponde al capítulo de la «piedra filosofal», se producen efectos humorísticos por contraste: con excepción de una única escena inicial (la del serpentario en el que Harry hace caer a su hermanastro), el resto de las aventuras son inter pares, es decir, entre pequeños aprendices de magos, excluyéndose así el típico recurso del humor americano de un «alien» entre humanos.
De esta forma, para el chico, Harry Potter es una visita alucinante a un mundo encantado, donde todo es nuevo y maravilloso. Para el adulto, sin ese humor que lo incluya, sin reminiscencias de Broadway ni trampas emocionales, es simplemente la aplicación monótona, en una misma línea argumental, de cuanto artículo enciclopédico sobre tradiciones mitológicas, literarias, leyendas y fábulas del patrimonio clásico ha podido recopilar la autora.
Un catálogo no exhaustivo de los seres y objetos que desfilan por la película incluye animales parlantes y mutantes, unicornios, cancerberos tricéfalos, hechiceros bifrontes, elfos, trolls (criaturas de la mitología nórdica), centauros, hadas, escobas voladoras, piedras filosofales, dragones, gigantes, enanos, magos, piezas de ajedrez vivientes, serpentarios y pasadizos ocultos. Hasta los efectos especiales, bastante elementales si se los compara con otras producciones actuales, parecen cosa del pasado.
La forma del cuento, de la misma manera, no puede ser más arquetípica: el héroe es un huérfano con padres ausentes y de estirpe sobrenatural, criado en un medio hostil por una familia que lo humilla. Hasta allí llegó por medio de la magia y saldrá gracias a ella. El inventario de la autora no dejó ni una fuente de lado: Homero, Dickens, Carroll, Perrault, Andersen, Grimm y el corpus de la mitología latina y nórdica.
J. K. Rowling, indudablemente, ha realizado un estupendo trabajo de alquimia industrial con todos esos elementos, que vierte a un lenguaje de comunicación rápida y de llegada directa a la sensibilidad infantil: el deslumbramiento por la acumulación de lo maravilloso. El chico entra, se asombra y disfruta. El grande es un convidado de piedra.
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