13 de febrero 2002 - 00:00

Un film que tuvo que pelear no sólo fronteras afuera

La candidatura al Oscar de «El hijo de la novia» supera el lugar común que insiste en que la sola elección, más allá del resultado final, ya es un premio. En este caso, sin duda, lo es. La película de Juan José Campanella empezó su carrera en Hollywood con perfil muy bajo, enfrentando el enorme aparato publicitario y los nombres de peso de otras producciones, y además, increíblemente, no tuvo siquiera el respaldo suficiente de su propio país.

Cierto Politburó local frunció el ceño cuando «El hijo...» resultó elegida para representar a la Argentina ante Hollywood. Esos comisarios del gusto, algunos hasta con voto en el jurado que dispuso el Instituto de Cine para designar una película ante la Academia, se jugaban ciegamente por «La ciénaga», adverbio incompatible con la práctica del cine.

Hay que conocer muy poco a Hollywood (o, peor aun, querer restarle chances a la competitividad del cine argentino) para suponer que una película como la de Lucrecia Martel pudiera generar alguna química con la Academia, del mismo modo que tampoco la logró con el público argentino: «El hijo...» fue vista por más de un millón de espectadores, en tanto que «La ciénaga» no logró ni la décima parte de ese total.

La Academia de Hollywood no es un bar de cinéfilos, e ignorar ese hecho es letal para las posibilidades comerciales del cine argentino, hoy en un momento de parálisis como el resto de las industrias. Afortunadamente, «El hijo de la novia» ganó aunque muy ajustadamente la votación en el INCAA, porque este año su jurado fue más amplio, algo que no ocurrió en ediciones anteriores y que dañó las posibilidades de que el país tuviera algún Oscar más que el de «La historia oficial», y con él la posibilidad de ampliar mercados. El Oscar no es sólo un objeto decorativo.

El caso más resonante de la larga lista de votaciones fallidas ocurrió en 1994, cuando se decidió enviar «El lado oscuro del corazón» de Eliseo Subiela en lugar de «Un lugar en el mundo» de Adolfo Aristarain. La estructura antihollywoodense de la primera contrastaba, hasta para la mirada de un neófito, con el relato clásico, y emotivo, de la segunda.

La «gaffe», en este caso, no fue sólo una presunción sino que quedó demostrada a través de una picardía de Aristarain que terminó mal: envió a su película como representante del Uruguay (por la nacionalidad de su esposa, guionista del film, y la de uno de los actores), y resultó elegida entre las cinco mejores. Pero fue descalificada cuando en Hollywood se reveló la maniobra. Obviamente, el film de Subiela no entró.

Errores

Ese no fue el único error. Al año siguiente, se dejó de lado «De eso no se habla» de María Luisa Bemberg, que la distribuía la Sony y tenía una estrella como Marcello Mastroianni, por «Gatica» de Leonardo Favio, quien a último momento retiró la candidatura. La lista sigue: en 1996 perdió «Sol de otoño» de Eduardo Mignogna, historia de amor con Norma Aleandro, contra la «Eva Perón» de Juan Carlos Desanzo... el mismo año del film de Alan Parker. Cuando en 1998 se envió «Tango» de Carlos Saura (coproducción con la Argentina), otros apostaron a «Pizza, birra, faso». Desde luego, «Tango» salió elegida entre las 5 mejores por Hollywood, aunque luego haya perdido con «La vida es bella».

En 1999, el hoy ganador
Juan José Campanella vio cómo se desechaba su interesante «El mismo amor, la misma lluvia» para elegir en su lugar el largo de animación «Manuelita», de imposibles chances en la tierra de Disney y Spielberg.

Finalmente, el año pasado, la espectacular
«Nueve reinas», luego tan premiada en los Estados Unidos y elogiada profusamente por numerosos medios de ese país, tuvo que resignar su lugar por la pequeña «Felicidades». Un distribuidor americano, en este último caso, hasta llegó a preguntar: «¿tanto odian los argentinos al Oscar que prefieren no mandar las películas con posibilidades?».

Por suerte, y paradójicamente en este año funesto para el país, se rompió la racha.
«El hijo de la novia», entusiastamente adquirida por la Sony Pictures, ingresó en la exclusiva categoría de las 5 películas en lengua no inglesa con posibilidad de Oscar, superando primero los palos en la rueda en su propio país y después ganando, entre 51 candidatas, nada menos que a títulos como la colombiana «La virgen de los sicarios», la italiana «La habitación del hijo» o la española «Juana la loca».

Por lo que parece, este año a Hollywood le gustan más las sonrisas de los extranjeros que las lágrimas, o, al menos, prefiere que las lágrimas sean teñidas de sonrisas.

En cambio, junto a la dulce fábula
«Amélie», y la sátira bosnia «Tierra de nadie», que eran número fijo, aparecieron tres comedias: una noruega sobre dos locos queriendo hacer vida de normales («Elling»), otra sobre un pueblo hindú que se juega al cricket el pago de un impuesto («Laggan»), y la nuestra, que además está hecha a la americana.

La inteligencia de
Campanella ha sido, precisamente, tomar una especie de subgénero familiar norteamericano, bien incorporado al gusto del público universal, y mejorarlo, adosándole inclusive algunos elementos de neta reflexión rioplatense.

Hollywood sabe apreciar este tipo de declaraciones de amor a las bases de la narración clásica americana, como lo probó la experiencia «uruguaya» de
Aristarain con «Un lugar en el mundo».

Detalles fútiles: la afirmación de
Héctor Alterio como «muleto» para las nominaciones («La tregua», «Camila», «La historia oficial», y la española «El nido»), y la coincidencia de fecha para la entrega, nuevamente un 24 de marzo, igual que para «La historia oficial».

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