«Un gran ladrón» («The Good Thief», Gran Bretaña-Francia, 2002; habl. en inglés). Dir.: N. Jordan. Int.: N. Nolte, T. Karyo, N. Kukhianidze, E. Kusturica y otros.
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E n los cafés del París existencialista no sólo moraban intelectuales pálidos y mujeres andróginas; del otro lado del Sena, en los tugurios de Montmartre, no era difícil encontrar viejos fulleros como Bob, protagonista de la película faro del film noir de los '50, que Jean Pierre Melville logró terminar casi sin un franco en el bolsillo.
«Bob le flambleur» (la expresión, en el argot francés, designa a aquel jugador que apuesta hasta lo que no tiene) llevaba como protagonista a Roger Duchesne, un actor que murió dos años más tarde, en 1957, con el hígado vencido por el alcohol y su nombre asociado a la infamia (se lo sospechaba de haber trabajado activamente para la Gestapo en los años de la Ocupación).
Bob, su personaje, era de aquella clase de tipos a los que ningún policía le gustaría arrestar. Hasta había salvado la vida de uno de ellos en un tiroteo. Después de pasar mucho tiempo a la sombra, el envejecido Bob volvía más tranquilo, en apariencia sólo dado al juego y a la bebida, aunque se sabía que un futuro nuevo golpe no le era ajeno a sus planes. Por eso, el policía que no le perdía pisada intentaba menos evitar ese asalto (una caja fuerte en Deauville) que ahorrarle una nueva temporada en la prisión, quizá la definitiva.
Medio siglo después, Bob encarnó en esta remake del irlandés Neil Jordan en el actor ideal, Nick Nolte, quien al igual que Duchesne (salvo el prontuario político) guarda muchas similitudes con el personaje: el primer Bob era un alcohólico; el actual es un adicto a la heroína ( Nolte hasta fue arrestado por ello). Igual criterio de modernidad se aplicó a la adaptación de otras circunstancias: la joven prostituta a la que Bob intenta redimir no es ya una humilde trotacalles de Pigalle sino una pauperizada emigrante de la Europa del Este, y el experto en apertura de cajas fuertes (ahora en sistemas de alarmas digitalizados) viene de la misma región, el cineasta Emir Kusturica.
Tampoco el territorio del golpe es el mismo (Deauville fue reemplazado por los casinos de Montecarlo), y el botín es ahora una importante colección de cuadros en doble versión: los falsos, que están a la vista, y los auténticos, guardados en un búnker. Esa doble apariencia da lugar a uno de las vueltas argumentales más interesantes de esta versión.
Sin embargo, no es el argumento lo más importante de la película, como tampoco lo era en su modelo. «Bob le flambeur» y «Un gran ladrón» (un «buen» ladrón en el más justo original, con ecos evangélicos) es, sobre todo, el estudio de un personaje singular y sus circunstancias, con un pretexto argumental detrás. Sin el blanco y negro único de aquel Montmartre y sin la radiografía del gángster de preguerra, liquidado por los tiempos modernos, la versión actual se debilita en significado. Sólo gana por la irremplazable caracterización de Nolte, león herido en un mundo que ya no es el suyo.
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