25 de diciembre 2000 - 00:00

Un héroe insólito en Hollywood: Sade

Geoffrey Rush en Letras prohibidas.
Geoffrey Rush en "Letras prohibidas".
Los Angeles - «¿Debemos quemar a Sade?», preguntó la escritora Simone de Beauvoir en un ensayo de 1951 sobre la obra del «divino marqués». En la segunda mitad del siglo XX, fueron muchos los que trataron de responder a esa pregunta, que data de los tiempos de Napoleón.

Los resultados son centenares de libros firmados por escritores tan distintos como el poeta y ensayista premio Nobel mexicano Octavio Paz, la novelista inglesa Angela Carter que defendió en su obra «La mujer sadiana» la visión que el marqués tenía de las mujeres, y la provocadora ensayista norteamericana Camile Paglia, que fue la más destacada alumna de Harold Bloom y novia durante un tiempo de Madonna, quien desde el «posfeminismo» defendió al autor de «Justine o los infortunios de la virtud».

En el teatro y el cine, también surgieron obras clave, como «Marat-Sade», de Peter Weiss y el largometraje homónimo que el director teatral inglés Peter Brook realizó sobre su puesta de esa obra; además de «Saló», la polémica adaptación que el cineasta italiano Pier Paolo Pasolini hizo del libro de Sade «Las 120 jornadas de Sodoma».

La semana pasada, provocando juicios exaltados de la crítica y siendo señalado como uno de los films con mayores posibilidades en la próxima entrega del Oscar, se estrenó en cinco ciudades norteamericanas «Quills: letras prohibidas - La leyenda del Marqués de Sade», del director Phillip Kauffman. (El film se estrenará en la Argentina el próximo 11 de enero, y el 8 Ambito Financiero realizará una función avant première sobre la que se informará a la brevedad).

La película tiene un elenco anglo-internacional. Pero esta vez eso no perjudica la obra, como ocurrió con «La casa de los espíritus» o «Los miserables». El actor australiano Geoffrey Rush interpreta a Sade, encabezando un elenco compuesto por los ingleses Michael Caine y Kate Winslet y el norteamericano Joaquin Phoenix.

Kaufman
, director de «Elegidos para la gloria», «La insoportable levedad del ser» y «Henry y June», no filmaba desde hacía siete años. Durante ese período la fatwa (sentencia de muerte musulmana) decretada contra el escritor indio Salman Rushdie por blasfemar contra el islamismo en el libro «Los versos satánicos» fue retirada, y el imprevisible Marilyn Manson surgió en la escena pop siendo considerado como el anticristo del rock. Según el dramaturgo-guionista Doug Wright, su obra teatral, estrenada en Broadway en 1995 (en la que se basó Kaufman para la película), es un homenaje a esos dos artistas, Rushdie y Manson.

«Mi Sade evoca el espíritu de artistas con ideas diferentes como Rushdie y Manson, o sea, pensadores deliberadamente clasificados como opuestos a la cultura dominante»,
señaló el ahora guionista Wright. «Mi idea fue abrir una discusión sobre la idea de libertad de expresión». El cineasta Kaufman amplía el concepto: «Nuestro interés era hacer una película sobre las consecuencias de la represión, presentando un Sade heroico y villano».

«Letras prohibidas» cuenta el fin del período de 27 años en que el escritor de «Filosofía del tocador» y «Cuentos libertinos» estuvo encarcelado en el asilo de Charenton, no muy lejos de la capital francesa. Por medio de la lavandera Madelaine ( Kate Winslet), el lascivo escritor envía sus manuscritos a editores parisienses. Cuando se publicó el libro «Justine o los infortunios de la virtud», ganando rápida notoriedad, un ejemplar llegó a manos del emperador Napoleón que, ultrajado, envía a un reformador, el doctor Royer-Collard (Michael Caine) a Charenton para que silencie a Sade.

Charenton fue idealizado por el dramaturgo Wright como una versión secular del hospicio de «Atrapado sin Salida». Bajo la supervisión del abate Coulmier (Joaquin Phoenix), un cura liberal, Charenton es un reducto artístico donde esquizofrénicos, psicópatas y alienados representan el grand guignol de Sade.

Dado que el enviado de Napoleón se enamora perdidamente (y se muestra más «sádico» que el creador literario) de una adolescente (Amelia Warner) sirvienta por horas, el marqués continúa fuera de control, enviando otras obras de su prosa.

Al reasumir el propósito de su viaje, Royer-Collard confisca todas las lapiceras (las
«plumas», «quills», del título de la película) que hay en la amplia suite de Sade, decorada con estatuas de parejas copulando y otros pertrechos para el placer sexual, además de centenares de libros. Imposibilitado de escribir por vías normales, Sade toma por asalto su pequeña bodega de vinos y continúa fabricando sus cuentos en telas de linos, escribiendo con un hueso de pollo.

Cuando
Madelaine es sorprendida en la lavandería con los géneros escritos, la celda de Sade es despojada de todos sus muebles. Sólo le queda al escritor su sangre y utilizar la punta de sus dedos para aplicarla sobre su traje azul de satén. Antes de ser torturado en una silla con constantes inmersiones en una bañera repleta de agua, Sade pasa sus últimos días desnudo en la celda. Un truco postrero del escritor es dictar sus textos de celda en celda hasta que sus pensamientos, un poco desvirtuados, llegan a la lavandería, donde Madelaine los pasa a papel.

En su minuciosa investigación para montar
«Quills», Wright llegó a la conclusión de que, mucho antes que los hermanos Lumière y el cine digital de Lars Von Trier, existió Sade, que pensaba como un cineasta. «Gran parte de las acrobacias sexuales de «Las 120 jornadas de Sodoma» son biológicamente imposibles, y se vuelven elementos literarios de la sátira y la fantasía», explica, y agrega «nunca se percibió el potencial que Sade tenía de pensar tridimensionalmente. Si hubiera vivido en el siglo XX, tendríamos un cine mucho más arrollador».

Wright
también intentó mezclar la genialidad con la duda acerca del extremismo literario de Sade, calificado por muchos críticos como un trabajo de segunda línea, con pobreza narrativa y en la evolución de los personajes. «Sade era un gran «poseur» ya que, en el momento de su más ultrajante descripción pornográfica, era sexualmente impotente. Nosotros quisimos captar la angustia y la desesperación de esa persona que ya no conseguía ninguna gratificación sexual».

Para componer plásticamente la ruina de
Sade, Kaufman contó con la ayuda del joven director de fotografía holandés Rogier Stoffers, que hace su bautismo en una producción de Hollywood después de su brillante y opresivo trabajo en «Carácter», film de Mike van Diem que ganó el Oscar a la mejor película extranjera en 1998. «Adoro el espíritu del cine holandés» -explica Kaufman-y, en complicidad con Rogier, intenté trasladar a mi película la luz de los cuadros de Gerard David (1460-1523) y de Jean-Baptiste Chardin (1669-1779).»

«Quills» carece de las escenas repugnantes que sí incluyó Pasolini en su versión de «Saló», a pesar de que hay una secuencia de necrofilia. «Este Sade no busca escandalizar sino hacer que mucha gente piense en el estado actual de nuestra cultura», dice Kaufman. Sade también fue interpretado recientemente por el actor francés Daniel Auteuil, en la película «Sade» de Benoit Jacquot que acaba de ser estrenada en Francia.

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